Acércate a Jesús con una fe humilde.
¿Quiénes pueden acercarse a Dios? La respuesta religiosa suele buscar el linaje correcto, la tradición adecuada o una lista de rituales cumplidos. Después de confrontar a los fariseos por confiar en lavamientos externos, Marcos presenta un contraste inesperado: quienes se acercan a Jesús no son los que aparentan mayor pureza, sino personas consideradas impuras que llegan reconociendo su necesidad.
En Marcos 7:24-37, una mujer sirofenicia ruega por la liberación de su hija y un grupo lleva ante Jesús a un hombre sordo y tartamudo. Las dos historias ocurren en territorio gentil, parten de una necesidad apremiante y presentan un ruego humilde. En ambas, Jesús restaura al ser humano. El pasaje enseña que acercarse a él no consiste en exigir una respuesta ni en cumplir una fórmula, sino en confiar humildemente en su autoridad y bondad.
Espera a ser confrontadoMarcos 7:24-30
Jesús sale del territorio judío y entra en una región gentil. Su fama ya se había extendido: las personas sabían que expulsaba demonios, sanaba enfermedades y alimentaba multitudes. Para una madre cuya hija estaba bajo el dominio de un espíritu inmundo, la llegada de Jesús significaba que había alguien con autoridad suficiente para ayudarla. Por eso corre hacia él, se postra a sus pies y ruega.
Marcos subraya que era gentil y sirofenicia. No pertenecía al pueblo de Israel, practicaba otra religión y procedía de una región históricamente enemiga. Desde la mirada de los líderes religiosos, su presencia contaminaba. Sin embargo, ella no se acerca apelando a su origen, a sus méritos ni a una posición privilegiada. Se acerca porque reconoce quién es Jesús y cuánto lo necesita.
La respuesta de Jesús rompe las expectativas: Deja que primero los hijos se sacien, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. (Marcos 7:27). No es posible conocer el tono con que pronunció estas palabras, pero sí entender la imagen. En un sentido inmediato, Jesús se había retirado para instruir a sus discípulos. En un sentido más amplio, su misión estaba dirigida primero a Israel; el tiempo de llevar el mensaje a las naciones todavía no había llegado plenamente.
La mujer es confrontada. Podría responder con orgullo, retirarse ofendida o caer en desesperanza. Hay cobardes, personas comunes y héroes; luego están los padres, capaces de hacer lo que sea necesario cuando un hijo está en peligro. Esta madre escucha con atención, entra en la imagen que Jesús acaba de usar y responde: Es cierto, Señor; pero aun los perrillos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos. (Marcos 7:28).
Su respuesta no es un juego de palabras ingenioso. Es una confesión de fe humilde. No discute el lugar que le corresponde ni exige que Jesús cambie sus prioridades. Descansa en la certeza de que su bondad es tan abundante que incluso las migajas bastan. No pide por lo que ella merece, sino por lo que Jesús es. Él responde a esa fe y, con una sola palabra pronunciada a la distancia, libera a su hija.
Acercarse a Jesús con fe humilde implica estar dispuesto a ser confrontado. A veces la respuesta a una oración no será la esperada. A veces su palabra expondrá un pecado, pedirá amar a una persona difícil, soportar con paciencia, perdonar de nuevo o servir sin recibir nada a cambio. Un Jesús que nunca contradice deseos, cuestiona decisiones ni incomoda el corazón no es el Jesús de los Evangelios, sino una versión cómoda construida a la medida.
La confrontación puede producir dos respuestas equivocadas. El orgullo dice: “No soy tan malo; nadie tiene derecho a señalarme”. El desánimo dice: “Soy tan malo que la gracia de Dios no puede alcanzarme”. El evangelio derriba ambos extremos: muestra que el pecado es más profundo de lo que se quisiera admitir y que, al mismo tiempo, el amor y la aceptación de Dios en Cristo son mayores de lo que se podría esperar. Esa identidad permite recibir la corrección sin superioridad ni inferioridad y responder en fe y obediencia humildes.
Espera ser sorprendidoMarcos 7:31-37
Jesús continúa hasta Decápolis, otra región gentil donde antes había liberado a un hombre dominado por una legión de demonios. En su visita anterior, la población le había pedido que se fuera. Esta vez, un grupo se acerca llevando a un hombre sordo y tartamudo. Le ruegan que ponga la mano sobre él porque creen que tiene autoridad para sanar incluso una condición que lo ha aislado de la comunicación con los demás.
Jesús acepta obrar, pero no sigue la agenda de la multitud. En vez de convertir la sanidad en espectáculo, toma al hombre aparte. Mete los dedos en sus oídos, toca su lengua, levanta los ojos al cielo, suspira profundamente y dice: “Efatá”, es decir, “Ábrete”. Probablemente esos gestos comunicaban al hombre lo que Jesús estaba por hacer: destapar sus oídos y destrabar su lengua. De inmediato oye y habla con claridad.
La escena no entrega una fórmula que deba repetirse. No hay un encantamiento, una declaración exacta ni un conjunto de movimientos que garantice resultados. Convertir los gestos de Jesús en una técnica sería quitar la fe de Jesús para ponerla en un procedimiento. La confianza humilde no descansa en palabras especiales, rituales o métodos, sino en la persona que tiene autoridad sobre el mundo espiritual y natural.
Jesús pide que mantengan el milagro en secreto, pero las personas no pueden contener su asombro. Proclaman: Todo lo ha hecho bien; aun a los sordos hace oír y a los mudos hablar. (Marcos 7:37). Sin saberlo plenamente, sus palabras apuntan a la promesa de Isaías acerca de la llegada de Dios para salvar a su pueblo: Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se destaparán. El cojo entonces saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará de júbilo. (Isaías 35:5-6).
La sanidad no es solamente una muestra de compasión. Es una señal de que el Mesías prometido ha llegado para comenzar a revertir la maldición del pecado. Jesús libera, sana, sirve y perdona. Sin embargo, Isaías también anunciaba venganza y retribución. Esa parte de la promesa se cumple de una manera sorprendente: el castigo por el pecado llega, pero cae sobre el Hijo de Dios en la cruz.
Cristo se humilló para que quienes estaban lejos fueran recibidos como hijos. Cuando sus demandas parezcan demasiado altas o su dirección resulte costosa, la cruz recuerda que nadie ha experimentado una humillación mayor. Jesús recibió el juicio que merecía su pueblo y se entregó en sacrificio. Por eso su confrontación no busca destruir, sino formar a quienes confían en él a su imagen; y sus obras inesperadas terminan mostrando que todo lo hace bien.
Conclusión
Acercarse a Dios no depende de una etnia, un apellido, una tradición o una limpieza externa. La mujer sirofenicia y quienes llevaron al hombre sordo se acercaron rogando, sin exigir, porque reconocieron la autoridad de Jesús. Esa es la postura de la fe humilde: presenta peticiones con confianza, pero deja la respuesta y la manera de obrar en las manos de Cristo.
La idea de encontrar “las llaves de la oración” resulta atractiva porque promete todos los pasos necesarios para lograr que Dios responda de la forma deseada. Pero no existen encantamientos espirituales ni protocolos que lo obliguen. Sí se puede pedir, suplicar y esperar que obre poderosamente, porque lo ha hecho antes y puede volver a hacerlo. Aun así, la fe permanece humilde y no convierte la oración en una exigencia.
Quien todavía no ha rendido su vida a Cristo también recibe una invitación. Jesús no es solamente un maestro, un filósofo o un hombre con buenas ideas. Es el Hijo de Dios que tiene autoridad para perdonar, limpiar y dirigir la vida. La respuesta es arrepentirse del orgullo, abandonar también la falsa humildad que cree estar fuera del alcance de la gracia y confiar en las buenas noticias de salvación.
La fe humilde sabe que será confrontada y puede ser sorprendida. No huye cuando la palabra incomoda ni intenta controlar a Dios mediante fórmulas. Levanta la mirada a la cruz, descansa en la bondad de Cristo y reconoce que incluso lo que parece una migaja es suficiente cuando viene de sus manos. Acércate a Jesús con una fe humilde.


