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Continuemos Haciendo Discípulos

"La decisión constante de la iglesia es continuar haciendo discípulos."

Si alguien preguntara en la calle qué es una iglesia, las respuestas serían variadas: un edificio donde se reúnen personas que creen en Dios, un grupo social de benevolencia que ayuda a los necesitados, una jerarquía encabezada por una figura visible como el Papa. Quienes conocen un poco más hablarán del pueblo de Dios, de la comunidad de creyentes o del cuerpo de Cristo. Y aunque las últimas definiciones se acercan a lo que verdaderamente es una iglesia, hay algo que la ha definido desde el comienzo y que con frecuencia escapa de la mente.


Mateo 28:16-20 revela esa identidad esencial. La iglesia es una entidad puesta en la tierra por Dios para que el Evangelio siga avanzando y alcance los rincones más lejanos de la tierra. Esa misión no es nueva: comenzó en el año 30 d.C., cuando Jesús encomendó a sus discípulos hacer discípulos a todas las naciones, y no ha dejado de avanzar.


La historia lo confirma. En Pentecostés, tres mil judíos de distintas naciones del Mediterráneo se convirtieron. En el año 34, Felipe bautizó al eunuco etíope en Gaza. En el 39 Pedro predicó en casa de Cornelio. En el 42 Marcos llegó a Egipto. En el 47 Pablo inició su primer viaje misionero. Por el año 100 había cristianos en Mónaco; por el 150, en Portugal; por el 167, en Marruecos. En el 313 Constantino legalizó el cristianismo en el Imperio Romano. La iglesia comenzó pequeña, avanzó y avanzó hasta llegar al lugar donde tú estás. Esa expansión no es accidente: es la identidad de la iglesia.


La pregunta que cada congregación local —sin importar su tamaño o sus recursos— debe hacerse continuamente es: ¿cómo estamos involucrados en algo más grande que nosotros en el reino de Dios? ¿Por cuáles misiones oramos? ¿Conocemos por nombre a los misioneros que sostenemos? Desde una sala, desde una casa, desde cualquier lugar es posible participar intencionalmente en lo que Dios está haciendo en otros lugares. Mateo 28 ofrece al menos cuatro razones para no detenerse.


Continuemos porque Jesús tiene toda la autoridad (Mateo 28:16-18)


Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado. Cuando lo vieron, lo adoraron, pero algunos dudaron. Y lo primero que Jesús les dijo fue:


Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. (Mateo 28:18)

Mateo abre su evangelio declarando que Jesús es el rey prometido, hijo de David, hijo de Abraham. Nada en su llegada fue casualidad: todo fue meticulosamente dispuesto en el tiempo de Dios. En los primeros capítulos lo nombra Emmanuel, que significa "Dios con nosotros". Y todo el evangelio realza esa autoridad: enseñaba con autoridad, sanaba con autoridad, perdonaba pecados, expulsaba demonios y, al final, conquistó la muerte.

Como expresa Pablo:


Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla... y toda lengua confiese que Jesús es Señor. (Filipenses 2:9-11)


Cristo no fue simplemente un personaje histórico con gran influencia, un gran maestro de sabiduría que murió y fue olvidado. Cristo es el Hijo de Dios resucitado por nuestros pecados, sentado ahora a la diestra del Padre, gobernando. Apocalipsis 12 muestra que con su ascensión Satanás fue echado del cielo y Cristo reina. Nada de lo que ocurre escapa de su gobierno: ni los problemas, ni las circunstancias difíciles, ni las calamidades. Todo está siendo dirigido por Él.


Por eso la iglesia puede seguir haciendo discípulos. Esta es su iglesia, y Él va a luchar por ella y a hacerla avanzar. La autoridad pertenece al Rey, no a quien obedece. Cristo está sobre el trono, sobre cualquier persona, sobre cualquier circunstancia. Tiene, simplemente, toda la autoridad.


Continuemos haciendo discípulos a todas las naciones (Mateo 28:19-20a)


Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. (Mateo 28:19-20a)


El alcance no es opcional. Una congregación local debe preguntarse cómo está alcanzando a todas las naciones, y eso incluye al vecino, al familiar, al compañero de trabajo y a las personas con las que uno se cruza en la calle.


Hay congregaciones que viven esta realidad de manera concreta. En una iglesia bilingüe en Miami, por ejemplo, los servicios alternan entre inglés y español: se canta en ambos idiomas, se predica en uno y se traduce al otro, se reciben miembros de muy distintos países. La belleza de una iglesia así es que refleja a la ciudad: distintas culturas, distintas maneras de vivir, todos sirviéndose y haciendo concesiones por el bien del otro. La humildad necesaria para que alguien escuche el Evangelio en su idioma de origen, predicado por alguien de un país muy distinto, no ocurre con frecuencia, pero el Evangelio sí la produce.


Un detalle importante del pasaje: el imperativo no es literalmente "vayan", sino "haciendo discípulos" mientras van. Es decir, mientras vivas en este mundo, haz discípulos. Mientras trabajas, mientras descansas, mientras compartes, donde estés, haz discípulos. Eso es lo que Cristo está mandando.


Y hay también una declaración sobre identidad. Cristo no solo tiene autoridad para hacer posible la tarea; tiene autoridad sobre cada creyente porque lo compró a un precio: la sangre que vale más que cualquier cosa en este mundo. Los siervos no escogen su misión: la reciben de su Señor. A veces hay más libertad de la que se piensa, y a veces menos: el creyente ha sido comprado y pertenece a Cristo. Por eso responde al llamado y va a donde Él lo envía.


Apocalipsis 21 muestra el destino glorioso: todas las naciones viniendo a Cristo, todos los convertidos de cada nación trayéndole honra. La misión que define a la iglesia está alineada con ese final.


Continuemos porque Cristo está con nosotros (Mateo 28:20b)


Y recuerden, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. (Mateo 28:20b)

Esta es la diferencia entre Jesús y cualquier jefe que envía a su gente con una tarea: Cristo no envía y se queda esperando reportes. Va con su pueblo. El nombre Emmanuel, con el que Mateo abre su evangelio, regresa al final del libro: "Dios con nosotros". El sacrificio de la cruz hace posible que el Espíritu Santo haga morada en cada creyente y lo acompañe hasta el día en que entre en la presencia del Señor, sea por muerte o por la venida de Cristo.


Esta promesa da confianza. La iglesia la ha experimentado a lo largo de la historia. Cuba es un ejemplo. Durante muchos años padeció opresión, limitaciones y amenazas para la iglesia. Hubo gente que pensó que Dios había abandonado a Cuba. Pero casi setenta años después, la historia se cuenta al revés: Dios nunca abandonó. Mientras la represión seguía y las iglesias parecían vaciarse, Él estaba despertando a un pueblo. Hoy muchas personas siguen viniendo a la fe y la iglesia crece. Dios no abandona, porque ha hecho un pacto con su pueblo, un pacto de sangre.


Por eso la iglesia puede continuar haciendo discípulos sin temor. La tarea no descansa sobre los recursos humanos ni sobre la astucia de quien envía: descansa sobre la presencia constante del Rey.


La gran comisión cumple el mandato original de dominio


La gran comisión no es un esfuerzo aislado en el Nuevo Testamento. Es el cumplimiento del plan original de Dios de expandir su imagen a toda la creación. En Génesis 1, Dios crea al ser humano a su imagen y le ordena:


Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. (Génesis 1:28)

Ese mandato de dominio incluía multiplicarse y llenar la tierra con la imagen de Dios. Pero la caída de Génesis 3 corrompió todo: el dominio se volvió fatigoso, la multiplicación se llenó de dolor, la relación con la creación se hizo hostil, y la humanidad dejó de reflejar perfectamente la imagen de Dios. En la torre de Babel, los hombres se confabularon para no dispersarse y resistir el mandato de llenar la tierra. Dios mismo los dispersó al confundir las lenguas.


La gran comisión restaura ese diseño en Cristo. Donde el mandato original decía "dominen", ahora se declara "toda autoridad me ha sido dada". Donde decía "llenen la tierra", ahora dice "vayan a todas las naciones". Donde decía "frutifiquen y multiplíquense" sobre la creación, ahora se trata de hacer discípulos en la nueva creación. Y donde Dios caminaba con Adán en el huerto, ahora Cristo promete: "yo estoy con ustedes todos los días".


A través de la gran comisión, los creyentes están llevando la imagen de Dios restaurada a toda la tierra, porque cada hombre y mujer sin Cristo es una imagen distorsionada que necesita ser rescatada. Hacer discípulos no es una actividad opcional de la iglesia: es la continuación de la obra que Dios comenzó en la creación y que Cristo vino a restaurar.


Conclusión


A pesar de casi dos mil años de cristianismo, miles de cristianos enviados al campo misionero y millones de dólares invertidos, la tarea sigue incompleta. ¿Cuántos en tu familia extendida conocen verdaderamente a Cristo? ¿Cuántos en tu vecindario? ¿Cuántos en tu lugar de trabajo? ¿Cuántos en los lugares más difíciles del mundo?


La historia de las misiones cristianas es la continuidad del Evangelio de Mateo, y esa historia no se ha cerrado. Los datos históricos llegan hasta cierto punto y luego se detienen; lo que viene lo escribirá la iglesia que crea, en cualquier lugar, con fe. Pensar que el tiempo de las misiones ya pasó, que no hay nada por hacer, o que existen iglesias suficientes en la mayor parte del mundo, es equivocarse rotundamente.


Cristo tiene toda la autoridad. La misión alcanza a todas las naciones. Cristo está con su iglesia hasta el fin. Y todo esto cumple el diseño original de Dios. La oración correcta para cualquier iglesia local es esta: que sea conocida como una iglesia que continúa haciendo discípulos.


Continuemos haciendo discípulos.

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