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La semilla que crece en secreto

El Rey hará que su reino crezca.

Dentro de la lectura de todo discípulo de Jesús conviene hacer espacio para biografías de creyentes que sirvieron a Dios con fidelidad. Odisea en Birmania cuenta la historia de Adoniram Judson, un misionero estadounidense que fue enviado primero a la India y después al reino de Birmania, lo que hoy conocemos como Myanmar. Junto con su esposa esperó siete años para ver su primer convertido en aquella nación.


En Marcos 4:26-34, Jesús enseña dos parábolas sobre el reino de Dios: la semilla que crece sin que el sembrador sepa cómo, y el grano de mostaza que comienza pequeño pero llega a ser grande. Estas imágenes muestran una verdad profundamente consoladora para discípulos cansados, iglesias pequeñas, padres perseverantes y creyentes que siembran sin ver fruto inmediato: el Rey hará que su reino crezca.


Judson y muchos otros sembraron durante años viendo poco o nada de fruto. No controlaban el crecimiento, no podían producir conversiones ni garantizar resultados visibles. Pero sembraron confiando en que Dios obraba de maneras ocultas. Dos siglos después, la presencia de miles de iglesias y cientos de miles de creyentes en Myanmar recuerda que la semilla del evangelio no depende del poder del sembrador, sino de la obra soberana de Dios.


El crecimiento no depende de nosotros (Marcos 4:26-29)


Jesús dice que el reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra. El sembrador trabaja: sale, siembra, cumple su responsabilidad. Pero después se acuesta de noche y se levanta de día. Mientras él descansa, algo sucede con la semilla. Brota, crece y madura. ¿Cómo? Jesús mismo responde: el sembrador no lo sabe.


La imagen es sencilla y liberadora. Hay acciones cotidianas que producen un resultado real aunque no se entienda todo el proceso. Se mete comida al microondas, se presionan unos botones, se espera un momento, y la comida sale caliente. La mayoría no entiende exactamente cómo sucede, pero sucede. Algo parecido ocurre con la semilla: el sembrador no entiende el misterio del crecimiento, pero sí sabe que la semilla tiene vida y que la tierra produce fruto.


Jesús describe un proceso: primero la hoja, luego la espiga, después el grano maduro en la espiga. El crecimiento del reino no es instantáneo. Tiene etapas. Algo invisible ocurre debajo de la tierra antes de volverse visible. Después, cuando el fruto está listo, llega la siega. En el trasfondo bíblico, la siega apunta al tiempo de rendir cuentas delante del Señor, al momento final en que Dios separará el fruto verdadero de lo que no lo es.


Para los primeros lectores de Marcos, muchos de ellos enfrentando rechazo o persecución, esta parábola habría traído ánimo. Si ellos desaparecían, el reino no desaparecía. Si no veían todos los resultados, eso no significaba que Dios no estuviera obrando. La semilla plantada tenía poder para crecer, madurar y llegar hasta la cosecha.


Esta verdad también libera a la iglesia del peso de creer que el crecimiento del reino depende de estrategias humanas. Si se piensa que el reino crece porque se tiene la técnica correcta, el recurso correcto o el plan perfecto, el corazón terminará frustrado u orgulloso. Frustrado cuando las estrategias no funcionen. Orgulloso cuando parezcan funcionar. Pero Jesús enseña algo distinto: el crecimiento pertenece a Dios.


Eso no es un llamado a la pereza ni a la pasividad. El sembrador sí siembra. La iglesia sí predica la palabra. Los padres sí instruyen a sus hijos. Los discípulos sí comparten el evangelio. Pero después de sembrar, descansan en Dios. No se puede forzar la vida debajo de la tierra. No se puede abrir la semilla con la mano para acelerar el proceso sin destruirla.

Por eso la paciencia no es resignación; es fe. Santiago lo dice así: Por tanto, hermanos, sean pacientes hasta la venida del Señor. Miren cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. (Santiago 5:7). La paciencia cristiana mira hacia la cosecha, fortalece el corazón y confía en que el Señor sí dará fruto.


Puede que una madre o un padre siembre la palabra en casa y no vea todavía lo que anhela ver. Puede que una iglesia predique fielmente y no vea un crecimiento rápido. Puede que un creyente comparta el evangelio y no vea una respuesta inmediata. Aun así, el reino de Dios está obrando. La semilla está en la tierra. El Rey hará que su reino crezca.


Cree que habrá crecimiento (Marcos 4:30-34)


Jesús añade otra parábola: ¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? (Marcos 4:30). La respuesta sorprende. El reino de Dios es como un grano de mostaza, una semilla pequeña que, después de ser sembrada, crece hasta convertirse en una planta grande, con ramas donde las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra.


La comparación habría parecido extraña. Si se quería hablar de un reino glorioso, ¿por qué no compararlo con los cedros del Líbano, altos, fuertes e imponentes? ¿Por qué no compararlo con el ejército romano, capaz de imponer su dominio sobre pueblos enteros? Pero Jesús escoge una semilla diminuta.


Así se veía el reino cuando Jesús empezó a predicar en Galilea. Un hombre de Nazaret, hijo de carpintero, anunciando: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio. (Marcos 1:15). Frente al poder de Roma, parecía insignificante. Un soldado romano podría burlarse: “¿Cuál reino? Reino el de César”. Muchos despreciaron ese comienzo humilde, como quien desprecia una semilla pequeña.


Pero la semilla crece. Lo pequeño se vuelve grande. Lo aparentemente débil llega a ser refugio. Cuando Jesús habla de las aves que anidan bajo la sombra, resuena el lenguaje de Ezequiel 17, donde las aves representan a las naciones que vienen a refugiarse bajo el árbol que Dios levanta. El reino que comenzó de forma humilde en Jesús llegaría a extenderse hasta alcanzar a personas de todas las naciones.


Esto corrige tanto el desánimo como el triunfalismo. Corrige el desánimo porque recuerda que los comienzos pequeños no son fracaso. Una iglesia puede verse pequeña. Una obra puede sentirse lenta. Una comunidad puede parecer frágil. La fidelidad puede no verse impresionante. Pero el reino de Dios no se mide con los criterios de grandeza del mundo.


También corrige el triunfalismo, porque el reino no crece adoptando la lógica de poder, pragmatismo y espectáculo de los reinos humanos. La tentación siempre está cerca: buscar lo que “funciona”, copiar estrategias que llenan salones, apelar a deseos carnales o medir fidelidad por tamaño visible. Pero la estrategia que Dios ha dado es sencilla y profunda: sembrar la palabra, predicar el evangelio y confiar en que Dios da el crecimiento.


La fe cristiana no es fe de microondas. La vida moderna acostumbra al corazón a la inmediatez: si falta algo, llega en minutos; si se necesita información, aparece en segundos; si se compra algo, llega al día siguiente. Pero en un mismo día no se puede labrar la tierra, sembrar la semilla, recoger la cosecha y hacer la tortilla. El reino no se apura con ansiedad humana. Dios obra en procesos, y sus procesos no pueden ser forzados.


Esto no apaga el anhelo por ver conversiones, avivamiento y fruto abundante. La iglesia debe desear que muchos corazones sean trasladados del reino de las tinieblas al reino del Hijo amado de Dios. Debe orar por conversiones reales, por crecimiento sobrenatural, por comunidades transformadas. Pero ese deseo no debe convertirse en desesperación ni manipulación. Se ora, se siembra, se trabaja y se descansa.


Quien todavía no se ha sometido al reino de Jesús también debe escuchar esta parábola con seriedad. Todo ser humano tiende a levantar su propio reino, a vivir como si su palabra fuera ley, a definir el bien y el mal según su propio deseo. Pero llegará el tiempo de la siega, el tiempo de rendir cuentas. La invitación del evangelio sigue abierta: el reino ha llegado en Jesús. La respuesta correcta es arrepentimiento y fe.


Conclusión


Muchos creyentes han confiado tanto en las promesas de estas parábolas que han entregado su vida sembrando la semilla del evangelio sin saber si verían el fruto. Como Judson en Birmania, sembraron con paciencia porque sabían que el crecimiento no dependía de ellos.


Jesús mismo es la semilla aparentemente pequeña y despreciada. Fue rechazado, crucificado y sepultado. Pero al tercer día resucitó, y su reino sigue creciendo hasta que llegue la cosecha final. Lo que parecía débil era el poder de Dios. Lo que parecía pequeño se convierte en refugio para personas de toda nación.


Por eso, la iglesia puede levantar la mirada del aquí y del ahora. Puede dejar la perspectiva de microondas y aprender a ver a la luz de la eternidad. El Rey hará que su reino crezca. La tarea es sembrar con fidelidad, esperar con paciencia y descansar en la obra de Dios.

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