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La grandiosa sabiduría de Dios

El juicio y los caminos de Dios son sabios, así que confía en ellos y glorifícale.

Hay una confianza curiosa que aparece después de ver un video de cinco minutos. Un tutorial de cocina, arquitectura o nutrición puede hacernos sentir expertos de inmediato. Como cuando alguien ve cómo preparar papas asadas al carbón y piensa que ya entendió todo: compra las papas, prepara la carne, enciende el carbón… y cuatro horas después las papas siguen duras. Bastó un video breve para sentirse experto, pero no para dominar el proceso.


Algo parecido puede suceder con Dios. Leer la Biblia, estudiar teología o conocer doctrinas importantes puede llevarnos a pensar que ya comprendemos plenamente sus caminos. Pero Romanos 11:33-36 nos pone en nuestro lugar: Dios es infinitamente sabio, sus juicios son insondables y sus caminos son inescrutables. La idea central del pasaje es clara: el juicio y los caminos de Dios son sabios, así que confía en ellos y glorifícale.


Dios conoce y controla todo, así que podemos confiar en su voluntad (Romanos 11:33)


Pablo llega a Romanos 11:33 después de exponer el evangelio y responder una tensión profunda entre judíos y gentiles. Ha mostrado que todos son pecadores, que nadie se salva por la ley, que la salvación es por gracia mediante la fe, y que Dios está formando un solo pueblo por medio de Cristo. Después de contemplar ese plan, Pablo no responde con frialdad académica, sino con adoración: ¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).


Las riquezas de Dios hablan de una abundancia infinita: gracia, bondad, misericordia, paciencia y todo lo que el ser humano necesita espiritualmente. Su sabiduría significa que Dios no se equivoca. Su conocimiento implica que nada lo sorprende: conoce lo que ha existido, lo que existe, lo que sucederá e incluso lo que nunca ocurrirá. Dios no aprende, no improvisa y no reacciona con ansiedad. Su inteligencia precede al tiempo.


Por eso sus juicios son insondables y sus caminos inescrutables. No significa que sean injustos o arbitrarios, sino que no pueden ser comprendidos de manera completa por una mente finita. El ser humano no puede sentarse por encima de Dios para evaluar si su voluntad fue conveniente. La criatura no tiene una vista completa del plan eterno del Creador.


Es común que, ante la incertidumbre, el corazón actúe como cuando se prepara un viaje. Se empaca bloqueador, ropa, medicinas y todo lo necesario, pero aun así llega la ansiedad: ¿cómo estará el aeropuerto?, ¿se retrasará el vuelo?, ¿la habitación será como en las fotos?, ¿el traslado saldrá bien? Aunque hay preparación, no hay control. Así se tiende a mirar la vida: como si Dios estuviera igual de nervioso frente a lo que pasa en el mundo, en la familia, en la iglesia o en el futuro. Pero Dios no está atrapado en esa ansiedad. Él conoce el pasado, gobierna el presente y ha decretado el final de la historia.


Confiar en los juicios y caminos de Dios no significa entenderlo todo. Significa descansar en que sus decisiones no están separadas de su carácter. Si Dios es soberano, la vida está en manos de un Rey soberano. Si Dios es bueno, sus caminos están llenos de bondad. Si Dios es misericordioso, su voluntad no está desconectada de su compasión. Si Dios es paciente, también su trato con sus hijos está rodeado de paciencia.


Esto se vuelve especialmente necesario en el peregrinaje por un mundo caído, donde hay enfermedad, escasez, maldad y muerte. Muchas situaciones no se entienden del todo: por qué una persona cree y otra no, por qué una familia experimenta una conversión y otra sigue lejos, por qué ciertos dolores permanecen. Pero la limitación humana no cancela la sabiduría divina. Como se ha dicho: Dios es demasiado bueno para ser cruel y demasiado sabio para equivocarse. Cuando no se puede rastrear su mano, se puede confiar en su corazón.


Los caminos de Dios son los que llevan a Cristo, restauran, dan paz y conducen hacia la vida eterna. Por eso la respuesta no es exigir explicaciones absolutas, sino confiar. No porque el dolor sea pequeño, sino porque Dios es infinitamente sabio.


Porque todo es de Dios, lo único que podemos hacer es darle la gloria (Romanos 11:34-36)


Pablo continúa con preguntas tomadas del Antiguo Testamento: ¿Quién ha conocido la mente del Señor? ¿O quién llegó a ser su consejero? ¿O quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? (Romanos 11:34-35). La respuesta es evidente: nadie.


La primera pregunta recuerda Isaías 40:13. Dios estaba anunciando restauración para su pueblo, aun cuando ellos no podían comprender cómo lo haría. Pablo toma esa verdad y la aplica al plan de salvación: aunque judíos y gentiles no entiendan completamente cómo Dios está obrando, eso no significa que Dios no esté cumpliendo su voluntad. Nadie conoce la mente del Señor de manera exhaustiva. Nadie puede corregirlo, aconsejarlo o mejorar sus decisiones.


La segunda pregunta apunta a Job 41:11, donde Dios confronta a Job después de sus cuestionamientos. Nadie puede darle algo a Dios para ponerlo en deuda. Todo proviene de Él. Todo le pertenece. Nadie puede presentarse delante del Creador con una factura espiritual diciendo: “Ahora me debes actuar como yo quiero”.


Sin embargo, esa lógica de intercambio aparece con facilidad. Cuando alguien hace un favor, espera que algún día se lo regresen. Si no sucede, llega el enojo: “Cuando me pida algo, va a ver”. El problema es que ese mismo patrón se puede llevar a la relación con Dios: “Si yo sirvo, Dios debe responder así”; “si yo obedezco, no debería sufrir”; “si yo hago esto, Dios tiene que darme aquello”. Pero Dios no es un deudor. La salvación misma lo demuestra: nadie hizo algo para merecer la gracia. Si algo merecía el ser humano era separación eterna, pero Dios dio a su Hijo Jesucristo para salvar pecadores.


Por eso Pablo concluye: Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén. (Romanos 11:36). Todo viene de Dios, todo existe por medio de Dios y todo tiene como fin la gloria de Dios. La respuesta adecuada no es cuestionar sus designios como si hubiera actuado con poca sabiduría, sino darle gloria con toda la vida.


Darle gloria no se reduce a cantar en una reunión. Romanos 12:1 conecta esta doxología con una vida entregada: presentar el cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Glorificarlo es abrazar su voluntad, vivir bajo sus propósitos, reconocer que Cristo tiene derecho sobre la mente, el corazón, el cuerpo y todo el ser.


Conclusión


Nadie es experto en Dios. Haber leído, estudiado o aprendido teología no significa comprenderlo plenamente. Dios es infinito; nosotros somos finitos. Él ve lo que nosotros no vemos.


Imagina un desfile observado desde una esquina. Desde ahí solo se ve el tramo que pasa frente a los ojos: no se alcanza a ver el inicio, ni la mitad, ni el final. Todo llega poco a poco. Pero alguien en un helicóptero puede ver el desfile completo: el principio, el desarrollo y el cierre al mismo tiempo. Esa imagen ayuda a entender la diferencia entre Dios y nosotros. Nosotros vemos la vida por partes; Dios ve el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo.


Cuando alguien dice: “Señor, no entiendo lo que está pasando”, Dios no está confundido. Él ya vio el final de la historia y gobierna cada detalle. En Cristo, su voluntad para su pueblo es buena, agradable y perfecta. Por eso basta decir: el juicio y los caminos de Dios son sabios; confiemos en ellos y démosle la gloria.

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