Cree a los Testigos del Hijo de Dios
- Sergio González

- 19 abr
- 8 min de lectura
Jesús es el Hijo de Dios. Por tanto, arrepiéntete y cree en el Evangelio.
C.S. Lewis, en su libro Mero Cristianismo, dejó una advertencia punzante sobre la persona de Jesús. Su intento, escribió, era impedir que alguien dijera "la auténtica estupidez" de aceptar a Jesús como un gran maestro moral pero rechazar su afirmación de ser Dios. Un hombre meramente humano que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral: sería un lunático, o sería el mismísimo demonio. Lewis insiste: tienes que escoger. O ese hombre era y es el Hijo de Dios, o era un loco, o algo mucho peor. Pero no salgamos con incertidumbres paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral. Él no nos dejó abierta esa posibilidad.
Esa misma elección es la que pone delante de cada lector el primer evangelio escrito por Marcos. En Marcos 1:1-15 no hay rodeos: antes de que Jesús se presente, antes de que diga una sola palabra, ya hay testigos declarando quién es. Y al final del pasaje el mismo Jesús se presenta y exige una respuesta. Marcos escribe a los gentiles en Roma, a una iglesia que padecía persecución, y los lleva de la mano a una conclusión inevitable: Jesús es el Hijo de Dios, por tanto, arrepiéntete y cree en el Evangelio.
El texto se divide en dos secciones. La primera, los versos 1 al 13, llama a creer en lo que dicen los testigos acerca de Cristo. La segunda, los versos 14 y 15, llama a responder al mensaje de Jesús.
Cree en lo que dicen los testigos de Jesús (Marcos 1:1-13)
Antes de que Jesús haga algo o hable en este evangelio, leemos lo que otros dicen de Él. Y no son cualesquiera testigos: cada uno tiene un peso que obliga al lector a considerar seriamente lo que declara.
Marcos
El primer testigo es el mismo Marcos. Sin preámbulos, abre su libro con una declaración monumental:
Principio del Evangelio de Jesucristo, el Mesías, Hijo de Dios. (Marcos 1:1)
Marcos declara cuál es el tema de su libro: las buenas noticias de quién es Jesús, el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios. El nombre Jesús viene del hebreo "el Señor es salvación", y este Salvador no es uno cualquiera: es el ungido y es Hijo de Dios. Ese título no es decorativo. Revela la relación única de Jesús con el Padre, conlleva el peso de su preexistencia y conlleva el peso de que Jesús es Dios. Es además el título favorito de Marcos a lo largo de su evangelio.
Los profetas
El segundo testigo son los profetas. Marcos cita a Isaías, pero su compendio toma también de Éxodo y de Malaquías. ¿Qué profetizan? La llegada del Señor, y antes de Él, la llegada de un mensajero que prepararía su camino. Marcos le dice a sus lectores que el evento más anticipado de la historia redentora está sucediendo.
Pedro confirma esa expectativa cuando le escribe a la iglesia:
Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes, diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos. (1 Pedro 1:10-11)
Los profetas estaban esperando, apuntando, testificando acerca de este Salvador. La profecía está teniendo su cumplimiento.
Juan el Bautista
El tercer testigo es el enviado para preparar el camino. Juan el Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados, y de toda Judea y Jerusalén venían confesando públicamente sus pecados y siendo bautizados en el Jordán. Pero Juan no estaba para servirse a sí mismo. Cuando tuvo la atención de toda la región, no se subió a su propio nombre. Apuntó:
Tras mí viene uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de inclinarme y desatar la correa de sus sandalias. Yo los bauticé con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo. (Marcos 1:7-8)
Juan testifica con su vida y con sus palabras: no se trata de él. Viene uno mucho más poderoso, más digno, que dará un bautismo genuino con el Espíritu de Dios.
El Espíritu Santo
Cuando por fin aparece Jesús en la escena, todavía no habla. Solo viene de Nazaret a ser bautizado por Juan. Y al salir del agua aparece el cuarto testigo: el Espíritu Santo desciende sobre Él como una paloma. Esa muestra del Espíritu de Dios sobre Jesús cumple lo que Isaías había profetizado:
Este es mi siervo a quien yo sostengo, mi escogido en quien mi alma se complace; he puesto mi espíritu sobre Él. (Isaías 42:1)
El Espíritu testifica: este hombre no es cualquier hombre.
El Padre celestial
El quinto testigo es el más alto de todos. El cielo se abre y se escucha la voz del Padre:
Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido. (Marcos 1:11)
El Padre declara que Jesús es su Hijo. No es un huérfano, no es un hijo sin Padre, sino el Hijo eterno de la primera persona de la Trinidad. Esto resuena con el Salmo 2 y con la voz que un día le pidió a Abraham que tomara a su hijo único, a quien amas, Isaac (Génesis 22:2). Isaac fue una señal del Hijo amado que sería sacrificado. Hay aquí una relación única, un amor perfecto del Padre sobre el Hijo que ningún padre terrenal podría reproducir.
Satanás, las fieras y los ángeles
Marcos continúa. El Espíritu lleva a Jesús al desierto y allí es tentado por Satanás, está entre las fieras y los ángeles le sirven. Marcos no detalla la tentación; otros evangelios sí. Pero el simple hecho de que Satanás se interese en confrontar a este hombre revela quién es. Esto no es el demonio tentando con cosillas chafas; esta es batalla frontal del enemigo de Dios contra el ungido. La batalla misma testifica: este no es cualquier hombre.
¿Les crees?
Marcos junta a Marcos, los profetas, Juan el Bautista, el Espíritu Santo, al Padre, y aun a Satanás, las fieras y los ángeles. Todos están señalando lo mismo. La armonía es espectacular: cada testigo sabe quién es este hombre y declara quién es verdaderamente. Jesús es el Hijo de Dios, y el Padre mismo lo ha declarado.
La manera en que respondes a esa pregunta define toda tu vida. Define lo que crees, define tu identidad, define tus deseos y tus aspiraciones. Y si Jesús no es quien estos testigos declaran, también define toda tu vida, y no solo la vida ahora, sino tu eternidad. Por eso la primera invitación del texto es sencilla: créele a los testigos.
Responde al mensaje de Jesús (Marcos 1:14-15)
Si vamos a creerles a los testigos de Jesús, entonces hay que estar atentos a cuando este hombre hable. Sus palabras son dignas de ser escuchadas, pero también dignas de ser obedecidas. Después de que Juan fue encarcelado, Jesús va a Galilea y comienza a predicar el Evangelio de Dios:
El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio. (Marcos 1:15)
Cuatro componentes breves, claros y poderosos.
El tiempo se ha cumplido
Aquel del que Juan dijo "ahí viene" ya llegó. El momento crítico y decisivo de la historia universal y de la historia de redención llegó. Las promesas del Mesías de siglos atrás, las profecías que esperaban el tiempo de Dios, llegaron y se cumplieron. Conocemos a ese tiempo como antes de Cristo y después de Cristo: Jesús está diciendo que ha llegado el tiempo de Cristo.
El reino de Dios se ha acercado
Jesús está inaugurando el reino de Dios. Será consumado en su segunda venida; la iglesia vive entre el "ya se inauguró el reino" y el "todavía no se consuma". Pero notemos algo: si hay un reino, hay un rey, y si hay un rey, hay un gobierno. De nada serviría un reino sin rey, y de nada serviría un reino sin alguien que gobierne sobre él. Por lo tanto, Jesús está diciendo: ha llegado un gobierno con su rey. Y este Rey demanda una respuesta del ser humano.
Aquí es donde muchos vienen a Jesús con la motivación equivocada. Es como cambiar de veladora. Antes alguien tenía la veladora de algún santo para que cumpliera sus deseos, sus anhelos y sus necesidades. Y luego le dicen que el cristianismo le conviene porque Jesús es más poderoso. ¿Y qué hacemos? Quitamos la veladora vieja y ponemos la veladora de Jesús, y decimos: ahora Él va a cumplir mis anhelos, mis deseos, pero yo sigo mandando en mi reino. Pero si Jesús es quien los testigos dicen que es, Él gobierna en su reino, y al llegar a su reino nosotros nos sometemos al Rey, no le pedimos al Rey que se someta a nosotros. Que el Espíritu Santo diagnostique nuestros corazones para saber si estamos sometidos al Rey o queremos someter al Rey debajo de nosotros.
Arrepiéntanse
El arrepentimiento es cambiar la manera de pensar de tal forma que cambia la manera de actuar. Es un reconocimiento de que no solo nuestras acciones, sino también nuestras motivaciones eran contrarias al gobierno de Dios. No es un mensaje popular. Se percibe como una falta de amor llamar a alguien a cambiar de rumbo, y muchos lo consideran odio: "si me amas, me aceptarías tal como soy". Pero si Jesús quisiera que nos quedáramos como estábamos, no hubiera venido. Este llamado al arrepentimiento confronta directamente al ser humano y le dice: estás mal.
Y para los creyentes, arrepentirse y creer en el Evangelio es una condición continua. Aquí es donde se pone bueno: ¿cuántas veces no se ha manifestado tu pecado con una acción pecaminosa porque dejaste de creer en una verdad del Evangelio? La acción es el fruto; la raíz es una verdad del Evangelio que se está olvidando. Cuando la acción se manifiesta, no se trata solo de cortar la acción, sino de ir a la raíz y preguntar: ¿qué verdad del Evangelio estoy olvidando?
Fuiste impaciente: olvidaste la paciencia de Dios contigo.
Fuiste tacaño: olvidaste la generosidad de Dios en tu vida.
Buscaste ver cosas que no debías ver: olvidaste que Dios es la fuente de todo deleite.
Fuiste áspero: olvidaste la ternura de Dios contigo.
Te aferras a la amargura: olvidaste el perdón inmerecido de Dios contigo.
Buscaste vengarte rápido: olvidaste que Dios es tu defensor.
Dejaste de congregarte: olvidaste que tu corazón se enfría fácilmente.
Esta es una de las virtudes de la comunión: que un hermano te pregunte "¿qué verdad del Evangelio estás olvidando?" y te ayude a ir a la raíz. Vale la pena hacer esa pregunta y dejar que te la hagan.
Crean en el Evangelio
Creer es como completar el arrepentimiento. Es poner la confianza en las buenas noticias de Dios. Si Jesús es el Hijo de Dios, cualquier cosa que Él pida o demande debe ser obedecida. Sería incongruente decir "creo que Jesús es el Hijo de Dios" y no obedecer su llamado. La falta de obediencia y sumisión a su reino revela que en realidad no creemos en Jesús.
En cierta ocasión, después de un llamado al arrepentimiento y a la fe, alguien se acercó diciendo que no había que predicar el arrepentimiento, solo la fe, y que Dios después guiaría al arrepentimiento. La respuesta puede ser sencilla: prefiero predicar como Cristo, como Pedro y como Pablo. El arrepentimiento es una gracia que Dios da en su benignidad, pero un evangelio sin un llamado al arrepentimiento no es el Evangelio de Dios.
Por eso este llamado a someternos a su reino no es opresión: es lo más amoroso que Dios puede hacer por el ser humano. Todo otro reino fuera del de Dios es un reino tirano, y el único reino donde el ser humano puede vivir plenamente es el reino de Dios.
Conclusión
Como dijo C.S. Lewis, tienes que escoger. Un gran maestro moral no es una opción. Tienes que escoger entre que este hombre era un lunático, o un demonio enviado a engañarnos, o el Hijo de Dios. Marcos pone a tus ojos a sus testigos: a sí mismo, a los profetas, a Juan el Bautista, al Espíritu Santo, al Padre, y aun a Satanás, las fieras y los ángeles. Todos apuntan al mismo lugar.
Si nunca has puesto tu confianza en Cristo, mira a los testigos. Si ya crees en Jesús, vuelve a mirar a los testigos. Mira quién es Jesús: el Hijo de Dios. Escucha su mensaje, porque el tiempo ha llegado, el Rey y su reino han llegado. Créele a los testigos, obedece el mensaje de Jesús, porque Él es el Hijo de Dios. Arrepintámonos y creamos en el Evangelio.


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