El verdadero descanso para el alma cansada
- Sergio González

- 24 may
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Jesús es el verdadero reposo. Solo en Cristo el ser humano encuentra el descanso.
El ser humano tiene un talento peculiar para sacarle la vuelta a las leyes. Cuando el impuesto de la tenencia dejó de ser federal y pasó a ser estatal, muchos en Monterrey empezaron a registrar sus autos en estados que no lo cobraban, y de pronto se veían placas de otros lados por toda la ciudad. Algo parecido ocurrió con el "Hoy no circula" en la Ciudad de México: en lugar de dejar el coche en casa el día que tocaba, no pocos compraron un segundo auto para seguir manejando todos los días. Las leyes suelen tener un propósito bueno y honorable, pero la naturaleza humana siempre encuentra la manera de doblarlas hasta que convengan.
Lo sorprendente es que esto no solo pasa con las leyes imperfectas de los hombres. En Marcos 2:23-3:12 aparece una ley perfecta, dada por Dios mismo para el bien de su pueblo —la ley del día de reposo, el sábado—, y aun así los líderes religiosos la doblaron, la sacaron de contexto y la usaron para su propio beneficio. El conflicto entre Jesús y los fariseos, que venía intensificándose, llega aquí a un punto crítico alrededor de una sola pregunta: quién es el Señor del día de reposo. Y la respuesta sostiene todo el pasaje: Jesús es el verdadero reposo, y solo en Cristo el ser humano encuentra descanso.
El día de reposo se hizo para el hombre (Marcos 2:23-28)
Mientras Jesús pasaba por los sembrados, sus discípulos comenzaron a arrancar espigas y a frotarlas en sus manos para comerlas. Para los fariseos aquello era pecado: al trillar el grano estaban "trabajando" en el día que Dios mandó guardar. Conocían bien el cuarto mandamiento: Acuérdate del día de reposo para santificarlo... el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios; no harás en él trabajo alguno. (Éxodo 20:8-10). Para Israel el sábado era una señal del pacto, un día santo y apartado que se guardaba desde la puesta del sol del viernes hasta la del sábado, y quebrarlo se castigaba con la muerte.
El problema no era la ley, sino lo que los fariseos hicieron con ella. Dios la había diseñado para el descanso, la justicia y el gozo; el día enseñaba que Él tenía el control y sostenía a su pueblo, como cuando el maná recogido el viernes alcanzaba milagrosamente para el sábado. Pero los fariseos la llenaron de reglas: cuántos pasos podías dar, cuánto peso podías cargar, a quién podías ayudar. Le succionaron el gozo y el descanso hasta volverla una carga agobiante; todavía hoy hay quienes, por no "trabajar", usan papel ya cortado, refrigeradores sin foco o elevadores que se detienen solos en cada piso.
Frente a eso, Jesús los confronta con la Escritura que ellos decían dominar: ¿Nunca han leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre? (Marcos 2:25). David comió los panes consagrados, reservados solo para los sacerdotes, porque tenía una necesidad real, y esa necesidad justificó la acción, porque a Dios le interesa más suplir al necesitado que proteger una tradición. Por eso Jesús declara el corazón mismo de la ley: El día de reposo se hizo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo. (Marcos 2:27-28). La ley fue dada para que el hombre descansara y adorara, no para aplastarlo. Y al llamarse "Señor del día de reposo", Jesús hace una nueva declaración de su deidad: Él, que ya tenía autoridad para perdonar pecados, es también quien define cómo se vive este día.
Conviene mirarse al espejo antes de señalar a los fariseos. También el creyente, rescatado para la libertad de la vida en Cristo, tiende a añadir cargas: pensar que hay que hacer "algo más" para estar bien con Dios, o que hay que ganarse el favor de los líderes para tener un lugar en la iglesia. Pero Jesús vino para que se descanse en Él. Él cumplió toda la ley por todos los que no pudieron cumplirla, y esa obediencia perfecta se atribuye por la fe a quien cree. La obediencia sigue importando, pero nace del amor y la gratitud, no del afán de comprar la aceptación de Dios. Nunca se está bien con el Señor por merecerlo, sino porque se es hecho hijo.
¿Es lícito hacer el bien en el día de reposo? (Marcos 3:1-6)
Jesús entra de nuevo a una sinagoga y allí hay un hombre con la mano seca. Pero los fariseos no estaban ahí para adorar: estaban espiando, esperando que Jesús sanara para poder acusarlo. Su corazón endurecido no se gozaba con el poder y la sanidad que emanaban de Él. Jesús, que conoce sus intenciones, expone esa dureza poniendo al enfermo en medio y lanzando una pregunta que los acorrala: ¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar? (Marcos 3:4). La respuesta era obvia, y por eso guardaron silencio.
Entonces ocurre algo único: Jesús los mira con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. Es la única vez en el Nuevo Testamento que se registra el enojo de Cristo, y es un enojo santo, una indignación justa ante la insensibilidad al dolor humano y a la misericordia de Dios. Le dice al hombre: Extiende tu mano (Marcos 3:5), y la mano queda sana. La ironía salta a la vista: para sanar, Jesús solo habló; no hubo "trabajo" alguno. Lo que ofendió a los fariseos fue que quebró su idea humana de lo que significaba guardar el día. Y la respuesta esperada —gozarse de que un afligido recibió descanso— se convirtió en su contrario: salieron a tramar con los herodianos cómo destruirlo. Mientras Jesús hacía el bien, ellos hacían el mal en el día de reposo, aliándose incluso con sus enemigos políticos con tal de eliminar al que retaba su sistema.
El día del Señor para la iglesia de hoy
¿Y qué hacen los discípulos de Cristo con el día de reposo? A la luz de la resurrección, la iglesia apartó el domingo —el día en que Jesús resucitó— para congregarse, cantar, celebrar las ordenanzas y ser edificada por la Palabra; cuando el Nuevo Testamento habla del "día del Señor" se refiere a ese día. Quienes aún observan el sábado pueden hacerlo con libertad de conciencia, para honrar a Dios y no para ganarse su favor; y a los demás la Palabra los llama a reunirse: No dejemos de congregarnos... sino animémonos unos a otros. (Hebreos 10:25).
Pero también el domingo se puede legalizar. Se puede llenar de listas y restricciones —quién llegó tarde, quién cumple y quién no— hasta volverlo una carga, o irse al otro extremo y abandonarlo como si diera lo mismo. Ni una cosa ni la otra: venir el domingo no salva ni acumula méritos, pero porque se es parte del pueblo de Dios y se ama a Cristo, se busca ese tiempo de comunión con gozo. El mundo competirá por ese día con mil distracciones; reunirse es, en sí mismo, un testimonio de la sabiduría de Dios.
Jesús ofrece descanso a todo el que viene a Él (Marcos 3:7-12)
Jesús se retira al mar y lo sigue una multitud que ahora viene de mucho más lejos: del norte y del sur, del este y del oeste. Todos han oído de este hombre que sana, libera y enseña con autoridad, y se agolpan sobre Él al punto de que pide una barca lista para no ser aplastado. Hasta los espíritus inmundos caen ante Él gritando que es el Hijo de Dios, aunque les ordena callar. Las almas afligidas y cargadas estaban hambrientas del descanso que solo Él provee.
Y aquí está la advertencia: ese descanso no se halla en lo que Jesús da, sino en quién Él es. Sí puede sanar, restaurar y suplir, pero quedarse solo en sus dones es perderse lo esencial. Esta ciudad busca descanso en las compras, las posesiones, el trabajo, las metas, la seguridad financiera o la tecnología; pero todo eso deja el alma más sedienta, como el que bebe agua salada en el desierto y entre más toma, más sed tiene. El verdadero reposo es una persona. Queda, por tanto, un reposo para el pueblo de Dios. (Hebreos 4:9). Se puede descansar porque Cristo ya hizo y cumplió todo lo necesario. Por eso su invitación sigue abierta: Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar. (Mateo 11:28). Si el alma sigue insatisfecha buscando descanso en otros lugares, en Jesús lo encontrará; basta venir a Él en arrepentimiento y fe.
Conclusión
Nuestros corazones siempre tenderán a una de dos cosas: sacarle la vuelta a lo que Dios pide, o legalizarlo hasta volverlo una carga. Frente a ambas, el llamado es el mismo: encontrar el descanso en Cristo y responderle con obediencia gozosa, recordando que la obediencia perfecta Él ya la cumplió. No se descansa en las propias obras, sino en su obra. Porque Él es el Señor del día de reposo, y Él es el verdadero reposo que toda alma necesita.


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