La autoridad del Rey que vino a salvar
- Sergio González

- 3 may
- 7 min de lectura
Jesús tiene autoridad, y esa autoridad es para salvar: para perdonar pecados.
Imagina que eres el presidente de la mesa directiva de tu colonia y un vecino te llama, casi exigiendo, que detengas la construcción de al lado porque el de junto se metió a su terreno. Con todo y el cargo, la única respuesta honesta sería: "solo soy responsable de administrar las aportaciones voluntarias de la colonia; no tengo autoridad para eso. Puedo intentar conciliar, pero si quieres parar una obra, háblale al municipio". Y así con todo: clausurar construcciones, poner topes, registrar quién entra y quién sale. La gente supone una autoridad que el puesto simplemente no da. Hasta los presidentes de un país, al llegar al poder, descubren que no tienen toda la autoridad que imaginaban.
En Marcos 1:16-2:12 el evangelista quiere mostrar lo contrario de esa autoridad prestada y limitada. Hay detalles que Marcos no nos deja ver, pero hay algo que sí quiere que veamos: quién tiene la verdadera autoridad. Y el que la ejerce sobre todas las cosas en este texto es Jesús mismo. Él ya había proclamado El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio (Marcos 1:15). Si el Rey y su gobierno han llegado, sería incongruente verlo entrar a cada lugar pidiendo permiso. El texto se agrupa en dos grandes secciones: primero, mira la autoridad de Jesús; después, descubre para qué tiene esa autoridad.
Mira la autoridad de Jesús (Marcos 1:16-45)
Jesús ha iniciado su predicación, y resultaría incoherente que, habiendo dicho que el reino se acercó, anduviera entrando a los lugares pidiendo permiso. No: lo vemos gobernando con completo dominio. Marcos lo prueba mostrando una autoridad tras otra.
Autoridad para llamar discípulos (Marcos 1:16-20)
Junto al mar de Galilea, Jesús hace un llamado simple: Vengan conmigo y yo haré que ustedes sean pescadores de hombres (Marcos 1:17). No sacó una presentación con los pros y los contras ni intentó convencer a nadie de que seguirlo era mejor que pescar; Marcos no registra ningún esfuerzo de persuasión, solo un llamado claro y certero. ¿La respuesta? Dos veces se repite que lo dejaron y lo siguieron. Simón y Andrés dejaron todo al instante; Jacobo y Juan dejaron incluso a su padre y a los jornaleros, es decir, un negocio que ya marchaba. Cuando este Rey llama, la única respuesta coherente es seguirlo de inmediato. Jesús tiene autoridad para recalibrar la mente de una persona, de modo que lo que antes parecía deseable toma otras dimensiones. Sería incoherente creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Santo, el Mesías, y seguirlo a medias.
Autoridad para enseñar (Marcos 1:21-22)
En Capernaúm, en el día de reposo, Jesús entra a la sinagoga y enseña, y la gente se admira porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Los escribas decían saber lo que significaban las Escrituras, pero su enseñanza era sin autoridad porque solo repetían lo que otros ya habían repetido; eran buenos lectores de comentarios. Es como si alguien llegara, abriera un comentario bíblico y se limitara a leerlo en voz alta: cualquiera pensaría que mejor le pasen el enlace para comprarlo y leerlo en casa. Qué refrescante debió ser escuchar, por fin, a alguien que enseñaba con autoridad propia. En el Sermón del Monte esa autoridad se vuelve casi una fórmula: Oísteis que fue dicho... pero yo os digo (Mateo 5). Donde los escribas repetían, Jesús declaraba.
Autoridad sobre los espíritus inmundos (Marcos 1:23-28)
Mientras enseña, un hombre con un espíritu inmundo grita: ¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios (Marcos 1:24). En sus alaridos se revela lo que sucedía en lo espiritual: el reino había llegado y sus enemigos lo reconocían. Mientras muchos batallaban para identificar a Jesús, este espíritu sabía que era el apartado de Dios. Jesús no dialoga ni negocia; lo manda callar y salir, y el espíritu obedece. Los presentes quedan asombrados ante una enseñanza nueva, con autoridad, que aun los espíritus inmundos obedecen.
Conviene notar algo que se repite en el pasaje: Jesús hace callar a los demonios, y más adelante también al leproso. Una razón de peso es que no quería que la etiqueta de "Mesías" se le colgara al instante, porque la esperanza de aquel tiempo estaba equivocada. Bajo el dominio del imperio romano, el pueblo esperaba un Mesías político y militar que restaurara el reino de Israel a su manera. Al pedir silencio, Jesús dice, en efecto: "ustedes tienen una agenda para el Mesías, pero yo, que soy el Mesías, sé cuál es mi agenda". En el resto del evangelio se verá que, cuando empiece a revelar que va a morir, muchos dirán: "este Mesías no me gusta".
Autoridad sobre la enfermedad (Marcos 1:29-39)
Saliendo de la sinagoga, en casa de Simón, la suegra está en cama con fiebre; Jesús la toma de la mano y la fiebre la deja. Al caer la tarde, la ciudad entera se amontona a la puerta y Él sana a muchos de diversas enfermedades y expulsa demonios. Aquí vale distinguir entre la providencia y el milagro: despertar por la mañana, o que haya una ambulancia cerca tras un accidente, es providencia de Dios, no un milagro. El milagro es lo sobrenatural, lo que no podría ocurrir bajo las leyes que Dios estableció para gobernar el universo. ¿Puede Dios obrar milagros sobrenaturales en cualquier época? Sí, porque Él es el mismo siempre, y podemos pedirlos con humildad; pero Dios nunca está obligado a obrar milagrosamente a petición nuestra.
Lo que ocurre después es revelador. La fama crece, la gente regresa a buscar su milagro y los discípulos, preocupados, salen tras Jesús: Todos te buscan (Marcos 1:37). Pero Él responde: Vamos a otro lugar... porque para esto he venido (Marcos 1:38). Es como el artista a quien una canción vuelve famoso de pronto: el mánager y los fans empiezan a controlar su agenda hasta convertirlo en títere de la demanda ajena. Jesús no será tratado como títere. Él es el Rey de este reino, y nadie gobierna su agenda: ni sus discípulos ni las demandas del pueblo.
Autoridad sobre lo incurable: la lepra (Marcos 1:40-45)
La lepra se consideraba incurable y obligaba al enfermo a alejarse de todo contacto humano. Cuando el rey de Israel escuchó que Naamán venía a ser limpiado de la lepra, rasgó sus vestiduras diciendo ¿Acaso soy yo Dios, para dar muerte o para dar vida? (2 Reyes 5:7): solo Dios podía hacer algo semejante. Por eso impresiona lo que sucede cuando un leproso se arrodilla y ruega: Si quieres, puedes limpiarme (Marcos 1:40). Reconoce la autoridad de Jesús; lo que no sabe es si está dispuesto. Movido a compasión, Jesús hace lo que ningún ser humano de su tiempo haría: lo toca, y dice Quiero, sé limpio (Marcos 1:41). Al instante la lepra lo deja. Ni la lepra puede con este hombre. Y ocurre un intercambio hermoso: el que estaba aislado ahora puede tener comunión, mientras que Jesús, por la fama, tendrá que quedarse en lugares despoblados.
Este es el verdadero Jesús: no uno diluido que pide permiso, ni uno cómodo que puedes controlar y manejar. El Hijo de Dios, el Santo de Dios, es digno de ser seguido, obedecido, y de que nos sometamos a su reino.
La autoridad de Jesús es para salvar (Marcos 2:1-12)
Marcos no quiere que la audiencia se detenga en el asombro. Toda esa autoridad —para llamar, enseñar, expulsar demonios y sanar— apunta a algo mayor: Jesús tiene autoridad para perdonar pecados.
De vuelta en Capernaúm, la casa se llena tanto que ya no cabe nadie ni a la puerta. Unos hombres ingeniosos llevan a un paralítico y, al no poder entrar, abren el techo —de ramas y lodo, no de concreto— y bajan la camilla. Lo que esperaban era evidente: si Jesús había sanado a tantos, hasta a un leproso, seguramente sanaría a este hombre. Pero su agenda no se deja influir, y al ver la fe de ellos dice algo inesperado: Hijo, tus pecados te son perdonados (Marcos 2:5).
Desde la perspectiva del reino, la mayor necesidad del paralítico no era caminar, sino la sanidad de su alma. Reducir el pecado a las acciones —"¿qué pecado podría cometer un paralítico?"— es olvidar que el pecado también habita en las motivaciones, los anhelos y los deseos. Cualquiera que bajara por ese techo era, ante todo, un rebelde delante de Dios. Por eso escuchar tus pecados te son perdonados es la mejor noticia que un ser humano puede recibir: el acta de los decretos en su contra queda borrada y la justa ira de Dios es redireccionada.
Los escribas, conocedores de la ley, lo entienden de inmediato y piensan: ¿Por qué habla este así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? (Marcos 2:7). Y su teología es correcta: solo Dios perdona pecados, porque el pecado es rebeldía contra el Creador. Sin advertirlo, su propia pregunta contiene la respuesta sobre la identidad de Jesús. Entonces Él usa al paralítico como ilustración viva, porque una cosa es decir "tus pecados son perdonados" —que es facilísimo de pronunciar— y otra es probarlo:
Para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados... a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. (Marcos 2:10-11)
Por primera vez Jesús se identifica como el Hijo del Hombre, título que en la profecía de Daniel no describe a un hombre cualquiera:
Seguí mirando en las visiones nocturnas, y venía uno como un Hijo de Hombre... y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. (Daniel 7:13-14)
La sanidad milagrosa respalda la declaración invisible: Jesús no vino solo a resolver la necesidad externa, sino la necesidad interna y eterna de cada persona. El paralítico se levanta a la vista de todos, y de paralítico pasa a ser, sobre todo, un hombre perdonado. Todos glorifican a Dios diciendo que jamás habían visto algo semejante.
Conclusión
Cualquier autoridad humana siempre será limitada: no importa cuán alto sea el puesto ni cuán grande el imperio. Solo el Rey del reino de los cielos tiene verdadera autoridad. Marcos ha mostrado la autoridad de Jesús para llamar, enseñar, expulsar demonios y sanar; pero sobre todo quiere que creamos que Jesús tiene autoridad para perdonar pecados y para salvar, autoridad que más adelante quedará respaldada por su poder sobre la muerte al resucitar.
La pregunta es de aplicación: ¿nos sometemos a su autoridad? Tu mayor necesidad no es externa —ni tus finanzas, ni tu estado físico, ni lo que tienes o dejas de tener—; tu mayor necesidad es interna. Quien nunca ha puesto su esperanza en Jesús puede acercarse como el leproso y como aquellos hombres que abrieron el techo, con fe en la autoridad de Jesús para perdonar transgresiones. Aquello que pesa, los remordimientos, la conciencia que acusa una y otra vez: Cristo tiene autoridad para borrarlo.
Y al compartir el Evangelio, al ser movidos a misericordia para ayudar a alguien, vale el cuidado de no quedarse viendo solo las necesidades externas y olvidar la verdadera necesidad eterna del corazón. Junto con la ayuda visible, hay que presentar la mejor noticia: existe un hombre con autoridad para perdonar pecados. Por eso venimos a Él en arrepentimiento y fe.


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