top of page

La esperanza de un cuerpo como el de Cristo



Porque Jesús resucitó de los muertos, confía en el poder de Dios que resucitará tu cuerpo natural a la imagen del hombre celestial.

El acontecimiento más importante de la historia del universo no es lo que el ser humano ha logrado en su exploración del cosmos, por más impresionante que sea. El acontecimiento más importante es que un hombre que dijo ser el Hijo de Dios, que afirmó tener autoridad para perdonar pecados y proclamó que derramaría su sangre para hacerlo, anunció también: me van a matar y al tercer día voy a resucitar. Y lo cumplió.


En esta entrada exploramos 1 Corintios 15:35-49, donde el apóstol Pablo responde a quienes en Corinto negaban la resurrección del cuerpo. Su respuesta es clave: si negamos la resurrección del cuerpo, también negamos la resurrección de Jesucristo, y si negamos la resurrección de Jesucristo, estamos negando la fe.


¿Qué hubiera sucedido si Jesús no hubiera resucitado?


Vale la pena detenerse en la pregunta. Si Jesús no hubiera resucitado, sería considerado un charlatán: el que predijo que vencería la muerte y no cumplió su promesa.


De hecho, esta predicción era difícil incluso para sus discípulos. En Mateo 17 Jesús les dice a los suyos que sería entregado, lo matarían y al tercer día resucitaría. Uno esperaría entusiasmo: ¡confirmará ser el Mesías, vencerá la muerte, salvará al mundo! Pero el Evangelio dice lo contrario: se entristecieron mucho. Aún no creían que Él tuviera poder sobre el último enemigo. Sanar, sí; echar fuera demonios, sí; pero ¿hacer que un corazón detenido vuelva a latir? Eso parecía ser demasiado.


Si Jesús no hubiera resucitado, también nuestra fe sería una burla. Pablo lo dice sin rodeos: si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también es la fe de ustedes (1 Corintios 15:14). Sin la resurrección, el cristianismo sería un sistema religioso más, inventado para aplacar la conciencia, sin perdón real de pecados.


Y hay una tercera implicación, que se conecta directamente con el texto: si Jesús no hubiera resucitado, su pueblo no tendría esperanza. No habría algo a qué anhelar. Esta vida sería lo mejor que podemos tener.


Pero Jesús es quien Él dijo ser. Resucitó. Y por eso nuestra fe es genuina, viva y verdadera, y nuestra esperanza es real.


Vean a la creación y aprendan (1 Corintios 15:35-41)


Los corintios no solo dudaban; ya estaban negando la resurrección. Y la refutaban con dos preguntas: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con qué clase de cuerpo vienen? (1 Corintios 15:35).


Pueden parecer preguntas inocentes y curiosas, pero detrás había necedad. Por eso Pablo responde: Necio (1 Corintios 15:36). Estos detractores creían estar ganando el argumento al exigir explicaciones que no podían recibir. Si no me lo puedes explicar, lo niego.


Pablo no se queda en el reproche. Toma dos ilustraciones de la creación para mostrar que detrás de su pregunta hay incredulidad, no curiosidad legítima.


La semilla: muerte que produce vida


Lo que se siembra no llega a tener vida si antes no muere. La misma naturaleza enseña que algo puede y debe morir para luego vivir. ¿Por qué entonces parecería imposible que haya vida después de la muerte?


Y cuando la semilla brota, no nace una semilla igual: nace una planta entera, distinta. Pero Dios le da un cuerpo como Él quiso (1 Corintios 15:38). Pablo subraya con esa frase la verdad central: Dios no está limitado. Es soberano y todopoderoso para dar el cuerpo que Él quiere. Si así actúa con la semilla, así actuará con la resurrección de su pueblo.


Cuerpos terrenales y celestiales: el poder creativo de Dios


Luego Pablo lleva a los corintios a Génesis. Hay distintas clases de carne — de hombres, bestias, aves y peces — y distintos cuerpos celestiales — sol, luna, estrellas — cada uno con su propia gloria. ¿Quién ha hecho todo esto? Un Dios cuyo poder creativo no tiene rival.


Pablo está diciendo: si dudan de la resurrección, miren la creación. Vean la diversidad y la gloria que Dios ha sabido dar. ¿De verdad creen que Él no puede cumplir la promesa de resucitar a los suyos en un cuerpo glorioso?


No es la primera vez que el evangelio choca con la incredulidad orgullosa. Cuando Pablo predica en el Areópago, los griegos lo escuchan con atención hasta que menciona la resurrección. En ese instante, esos hombres que se preciaban de su lógica y de sus debates reaccionan con burla: estás loco, ya te oiremos otro día. La resurrección siempre ha sido tropiezo para el orgullo intelectual.


Cuidado con el orgullo: si no lo entiendo, no lo creo


Es lícito tener curiosidad sobre la resurrección. Es legítimo preguntarse cómo será este cuerpo nuevo, qué pasará con las cicatrices o con los años. La curiosidad no es el problema. El problema es cuando la curiosidad se convierte en incredulidad, y la incredulidad en necedad.


Es el orgullo de exigir entender todo antes de creer. Hoy ese orgullo está aún más exacerbado: el conocimiento parece estar al alcance del bolsillo, las inteligencias electrónicas opinan sobre todo y nos hemos acostumbrado a refutar al instante lo que escuchamos. Y entonces, cuando la palabra de Dios afirma que Jesús resucitó al tercer día, el corazón orgulloso responde: si no lo entiendo, no lo creo.


La doctrina de la resurrección es esencial. No es una verdad opcional para creyentes avanzados. Es la columna del evangelio. Acércate a ella en humildad. Confía en la palabra de Dios, no porque entiendas todos los detalles, sino porque Dios es fiel y verdadero, y se ha presentado a sí mismo como el Dios que cumple sus promesas.


La resurrección del cuerpo (1 Corintios 15:42-49)


Pablo aterriza ahora la enseñanza. Así como en la creación, así será la resurrección. Y el contraste es abismal:

  • Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible.

  • Se siembra en deshonra, se resucita en gloria.

  • Se siembra en debilidad, se resucita en poder.

  • Se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44).


El cuerpo nuevo no es un cuerpo mejorado, ni una versión actualizada del actual. Es un cuerpo completamente diferente, capacitado para vivir por la eternidad. Todos asentimos cuando Pablo describe el cuerpo presente — corruptible, deshonroso, débil, natural — porque eso lo experimentamos a diario. Y todos podríamos preguntarnos cómo soportaríamos la eternidad con sus enfermedades, dolores, achaques y cicatrices. Pablo responde: el cuerpo resucitado no se corrompe, no se enferma, no se debilita. Será como Dios lo quiere.


Del primer Adán al último Adán


Pablo cita Génesis 2:7, cuando Dios formó al hombre del polvo y sopló aliento de vida. Lo inerte se hizo viviente. Como Adán, los corintios y nosotros llevamos un cuerpo terrenal: viviente, sí, pero con fecha de caducidad, marcado por el pecado heredado para volver al polvo.


Pero en la resurrección la imagen cambia. Ya no será la imagen del primer Adán, sino la del último Adán: Cristo, el dador de vida. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial (1 Corintios 15:49).


Levanta la mirada: no hagas de tu cuerpo un ídolo


La palabra levanta la mirada de lo terrenal hacia la eternidad. Eso es lo que hace la resurrección de Jesús: nos lleva a ver más allá del aquí y del ahora.


Hay una responsabilidad real de cuidar el cuerpo: no se puede decir “comamos y bebamos que mañana resucitaremos”. La Biblia llama a ser fieles mayordomos de los recursos que Dios confía, y el cuerpo es uno de ellos. Pero aun cuidándolo, el cuerpo natural se sigue deteriorando. La ilusión del cuerpo siempre joven se acaba.


Por eso poner la esperanza en este cuerpo es peligroso, y hacer de él un ídolo es decepcionante. Hay industrias enormes que mueven cantidades enormes de dinero respondiendo a esta idolatría, intentando tapar la deshonra de los años. Cuidar el cuerpo está bien; idolatrarlo, no.


La esperanza está en otro lugar. Si tu cuerpo está experimentando corrupción, deshonra o debilidad, la palabra te lleva a confiar en que Dios tiene poder para resucitarlo, y no solo eso: para darte un cuerpo como el de Cristo. Glorioso. Poderoso. Espiritual. Capacitado para vivir por la eternidad para la gloria de Dios.


Habrá un día donde lo corruptible se vuelva incorruptible. Un día donde las industrias dedicadas a preservar el cuerpo dejarán de tener sentido. Un día donde ya no harán falta vacunas ni citas médicas. Esa es la esperanza, porque Cristo resucitó.


Conclusión


En Juan 12, antes de ir a la cruz, Jesús dijo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto (Juan 12:24). La razón por la que hoy hay promesa de resurrección es que el que no merecía morir entregó su vida. Jesús, siendo Dios, se hizo hombre, fue sepultado y al tercer día la semilla que murió resucitó. Demostró ser quien dijo ser: el Hijo de Dios que quita el pecado de su pueblo.


Para los que han puesto su confianza en Él, esta promesa es firme: Dios dará un cuerpo como Él quiere, con la gloria del Hijo, capacitado para vivir por la eternidad. Negar la resurrección haría a los creyentes los más dignos de lástima; pero confiar y esperar en ella los hace los más esperanzados, expectantes y libres.


Para quien aún no ha creído, las promesas de este pasaje no son tuyas. Pero podrían serlo. Si reconoces que esa necedad es rebeldía contra Dios, si abandonas el orgullo y vienes a Cristo creyendo que Él es quien dijo ser, entonces sí. Estas promesas serían también tuyas. La advertencia es seria: todo ser humano resucitará, pero solo en Cristo hay un cuerpo glorioso preparado para la eternidad con Dios.


Porque Jesús resucitó de los muertos, confía en el poder de Dios que resucitará tu cuerpo natural a la imagen del hombre celestial.

Comentarios


bottom of page