¿Quién es la familia de Jesús?
- Sergio González

- 31 may
- 6 min de lectura
¿Quién es la familia de Jesús? Los que Él ha llamado y transformado para obedecer la voluntad de Dios.
Hay familias que, con solo escuchar el apellido, parecen prometer una vida resuelta. En Monterrey se entiende bien el chiste de pensar: “esto no me estaría pasando si mi apellido fuera Garza Sada”. La idea es sencilla: si tan solo se perteneciera a cierta familia, todo sería más fácil. Las historias de Disney también juegan con ese anhelo: Rapunzel descubre que era la princesa perdida, Arturo saca la espada de la piedra y se entera de que pertenece al trono. Todo cambia cuando se revela a qué familia pertenecen.
En Marcos 3:13-35, la pregunta no es si alguien pertenece a una familia importante según la sangre, el apellido o la posición social. La pregunta que atraviesa todo el pasaje es más profunda: ¿quién es de la familia de Jesús? Marcos muestra a Jesús llamando a los doce, confrontando a quienes lo rechazan y redefiniendo quiénes son su madre y sus hermanos. La respuesta no descansa en linaje humano, conocimiento religioso o cercanía externa, sino en la obra soberana de Cristo: Jesús forma una familia con aquellos a quienes llama y transforma para obedecer la voluntad de Dios.
Los que Jesús llama para sí (Marcos 3:13-19)
Marcos presenta a Jesús subiendo al monte y llamando “a los que Él quiso”. La iniciativa es completamente suya. No se trata de una elección basada en méritos, trayectoria o potencial evidente, porque el mismo evangelio dejará claro que los discípulos fracasan, se confunden y tropiezan una y otra vez. La razón última del llamado no está en ellos, sino en la autoridad soberana de Jesús.
Esta escena encaja con la historia completa de la Biblia. Desde el principio, Dios ha querido formar una familia para sí: Adán y Eva fueron creados como portadores de su imagen; después del pecado, Dios continuó su propósito llamando a Abraham y prometiéndole que en él serían benditas todas las familias de la tierra. En ti serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 12:3). De Abraham vinieron Isaac, Jacob —renombrado Israel— y las doce tribus. Ahora Jesús llama a doce, señalando que está formando un nuevo pueblo, una nueva comunidad, la familia de Dios: lo que conocemos como la iglesia.
Ese llamado es soberano. Jesús llama “a los que Él quiso”, no a quienes habían demostrado ser los mejores candidatos. Esto debe despertar gratitud, porque nadie entra a la familia de Dios por ser mejor pecador que otro. La salvación no se explica por carisma, carácter, desempeño o apariencia, sino por gracia. Quien ha sido llamado puede decir con humildad: Dios amó primero, redimió primero y trasladó de las tinieblas al reino de su Hijo.
Pero el llamado de Jesús también es diverso. La lista de los doce reúne hombres muy distintos. Un ejemplo basta: Simón el Cananita probablemente pertenecía al grupo de los celotes, judíos dispuestos a usar violencia contra Roma. A su lado estaba Mateo, un recaudador de impuestos que había trabajado precisamente para el imperio romano. Uno habría visto al otro como enemigo o traidor; Jesús los llama a ambos y los pone juntos en su familia. En esa diversidad se ve el poder del evangelio: Dios llama a personas de distintos trasfondos, culturas, historias y pecados, y las une en Cristo.
Por eso la familia de Jesús no puede reducirse al “tipo de personas” que resultan cómodas o familiares. El evangelio alcanza a jóvenes y adultos, a personas con pecados socialmente aceptables y a quienes cargan pecados que otros consideran imperdonables. Si Jesús llama a todo tipo de pecadores, su iglesia debe aprender a reconocer como hermanos y hermanas a quienes Él ha recibido.
Los que rechazan la obra del Espíritu no son su familia (Marcos 3:20-30)
Después del llamado de los doce, Marcos muestra una escena de tensión. La multitud vuelve a reunirse alrededor de Jesús al punto de que ni siquiera pueden comer. Sus parientes oyen esto y van a hacerse cargo de Él, porque piensan que está fuera de sí. Todavía no comprenden quién es su hijo y hermano.
Entonces entran los escribas que habían descendido de Jerusalén. Estos líderes religiosos no niegan los hechos: ven que Jesús expulsa demonios y libera a los oprimidos. El problema es su interpretación. Tienen dos opciones. La primera sería reconocer que Jesús obra con la autoridad de Dios, que el reino ha llegado y que deben someterse a Él. La segunda es llamarlo endemoniado para no reconocer su autoridad. Eligen la segunda: dicen que tiene a Belzebú y que expulsa demonios por el príncipe de los demonios.
Jesús responde con una lógica sencilla: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (Marcos 3:23). Un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse. Si Satanás estuviera obrando contra Satanás, su reino estaría llegando a su fin. Pero la realidad es otra: Jesús ha entrado en la casa del hombre fuerte, lo ha atado y está saqueando sus bienes. La imagen no es una instrucción para que los discípulos “aten al hombre fuerte” con fórmulas o declaraciones; es una parábola sobre lo que Jesús ya está haciendo. Él ha venido a vencer al enemigo y a liberar a los cautivos.
La acusación de los escribas revela dos cosas. Primero, la dureza de su corazón. Ven al ser más maravilloso del universo y lo llaman el más perverso. No fue un comentario accidental ni una duda momentánea; Marcos señala que lo decían de manera persistente. Segundo, revela su ceguera espiritual. No quieren ver lo evidente: que la obra de Jesús es obra del Espíritu de Dios.
Por eso Jesús advierte con tanta seriedad: Cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno. (Marcos 3:29). Dios nunca es neutral ante el pecado: el pecado será perdonado o será castigado eternamente. Esta blasfemia no describe a una persona temerosa que se pregunta si alguna vez dijo algo terrible en un momento de confusión. Describe un corazón endurecido, consciente y persistentemente rebelde, que atribuye la obra del Espíritu en Cristo al diablo y se mantiene sin arrepentimiento.
Aun así, en medio de esta advertencia hay una noticia profundamente consoladora: todos los demás pecados pueden ser perdonados. Pecados pequeños y grandes, vergonzosos y públicos, antiguos y recientes, pueden ser perdonados cuando hay arrepentimiento y fe en Cristo. Quienes no son de la familia de Jesús no son simplemente los que “saben menos” o los que no tienen estudios religiosos; son quienes rechazan a Jesús y niegan la obra del Espíritu en Él.
Los que hacen la voluntad de Dios son su familia (Marcos 3:31-35)
Marcos regresa entonces a los familiares de Jesús. Su madre y sus hermanos llegan, se quedan afuera y mandan llamarlo. En una sociedad donde la familia tenía un peso enorme, la escena es sorprendente. Le dicen a Jesús: “Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan”. Pero Jesús responde: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? (Marcos 3:33).
La respuesta redefine la familia en términos del reino: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano y hermana y madre. (Marcos 3:34-35). La familia de Jesús no se define por sangre, apellido, cercanía física ni linaje religioso. Los rechazados, los pecadores, los huérfanos, las viudas y los que se sientan alrededor de Jesús para escucharle descubren que pueden ser parte de su familia.
La voluntad de Dios, en este contexto, es venir a Jesús, escucharlo, someterse a su autoridad y reconocerlo como el Hijo de Dios que vino a redimir. La obediencia importa, pero hay que ponerla en el orden correcto: los discípulos no obedecen para ser familia; obedecen porque ya han sido hechos familia. La obediencia nace de una identidad recibida, no de un intento por comprar aceptación.
Esto también aterriza en la vida de la iglesia local. Dios no hace hijos únicos aislados, sino hermanos y hermanas dentro de una familia. Ser parte de la familia de Cristo implica apreciar a la familia que Dios ha dado: congregarse, buscar a otros, sentarse a la mesa, abrir la casa, compartir comida, escuchar, animar, perdonar y reconciliarse. En una mesa familiar hay caos, fricción y momentos incómodos; también hay amor, edificación, discipulado y gracia. Si Jesús puso juntos a Simón y Mateo, su iglesia debe esperar diversidad, roces y oportunidades constantes para amar como familia.
Por eso conviene cuidarse de un cristianismo meramente dominical, donde se saluda a otros una vez por semana pero se permanece ajeno a sus vidas. La familia de Dios se busca, se acompaña y se abre espacio. A veces será con un café, unos tacos, una comida sencilla o una casa no perfectamente arreglada. Precisamente así son las casas de familia.
Conclusión
La novela El Código Da Vinci imaginó un secreto alrededor de una descendencia sanguínea de Jesús, una familia escondida con poder religioso y político. Esa es una mentira. Pero Jesús sí tiene una familia: no una familia definida por herederos de sangre, sino una familia escogida por gracia para estar con Él para siempre.
No necesitas pertenecer a una familia poderosa de la tierra para tener una vida verdaderamente bendecida. Si Cristo te ha llamado, te ha recibido y te ha transformado, eres parte de una familia real y celestial. Como Rapunzel o Arturo, cuya vida cambió al descubrir quiénes eran, la vida del creyente queda eternamente marcada por esta realidad: pertenece a la familia de Jesús.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién es la familia de Jesús? Los que Él ha llamado y transformado para obedecer la voluntad de Dios.


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