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Nadie puede salvarse a sí mismo

Jesús vino a salvar pecadores.

Quien llega a vivir a Monterrey pronto escucha que es una ciudad "echada para adelante". El que se esfuerza y le echa ganas, dice el dicho, llega lejos: por eso abundan las escuelas, los emprendimientos y hasta las empresas que nacieron aquí y se volvieron transnacionales. "El que quiere, puede"; "échale ganas, mi hijo". Pero esa misma mentalidad, tan útil para los negocios, se vuelve un ídolo cuando se cuela al corazón y susurra una mentira: si el éxito depende de ti, también tu salvación depende de ti. Tú eres tu propio salvador; solo necesitas disciplinarte, levantarte más temprano y ser más productivo. El problema es que, en la mayor necesidad del ser humano —su condición espiritual—, ningún esfuerzo alcanza. Sería más fácil vaciar el mar con una cuchara que arrancar el pecado del propio corazón.


Esa es la tensión que recorre Marcos 2:13-22. En este pasaje todo parece girar alrededor de la comida —Jesús comiendo con pecadores, los discípulos que no ayunan—, pero el tema no es la comida. Las preguntas que lanzan los escribas, los fariseos y los discípulos de Juan revelan su corazón y dejan ver algo más grande: ha llegado un Rey con un reino nuevo, y las formas viejas de la religión no embonan con él. La idea que sostiene todo el texto es sencilla y enorme: Jesús vino a salvar pecadores. El pasaje se divide en dos partes que el mismo texto marca: primero, ¿con quién comes?; después, ¿por qué no ayunas?


¿Con quién comes? (Marcos 2:13-17)


Jesús sigue su ministerio de predicación y enseñanza, y las multitudes lo rodean. En medio de ese recorrido hace un llamado más, y sorprende a quién: a Leví, hijo de Alfeo —el mismo que conocemos como Mateo, autor del evangelio que precede a Marcos—, sentado en la oficina de los tributos. Ya había llamado a pescadores; ahora llama a un hombre rico, con un buen negocio, y lo hace con una sola palabra: Sígueme. (Marcos 2:14). No hay un "al instante", pero sí algo igual de contundente: se levantó y lo siguió. La autoridad de Cristo bastó para que dejara su mesa de cobro y sus ingresos, igual que los demás. Jesús llama a toda clase de personas, y en su pueblo cabe toda clase de personas, aun aquellas de las que pensaríamos "qué difícil que Jesús llame a alguien así".


Para sentir el escándalo hay que entender qué era un recaudador de impuestos. No era un empleado del fisco haciendo su trabajo: era un judío que cobraba para el imperio romano que oprimía a su propio pueblo. Roma subastaba el derecho de cobrar impuestos; quien lo ganaba pagaba por adelantado y luego se quedaba con todo lo que lograra exprimir de más. Por eso a los recaudadores se les veía como traidores a la patria y al pueblo de Dios, aliados del opresor que además abusaban del abusado. Eran una especie de lepra social, evitados a toda costa. Marcos insiste en el detalle repitiendo la fórmula "recaudadores de impuestos y pecadores", como diciendo: había algo en contra no solo de los pecadores, sino de este tipo de pecadores.


Y ahí está Jesús, sentado a la mesa en casa de Leví, comiendo y bebiendo con ellos, celebrando con gozo. Eso descoloca a los escribas y fariseos, los judíos piadosos que seguían la ley de Moisés con un rigor extremo —cuántos pasos dar en sábado, qué utensilios usar, cómo purificarse— y que evitaban comer con cualquiera por temor a contaminarse. Su pregunta delata su corazón: ¿Por qué Él come y bebe con recaudadores de impuestos y pecadores? (Marcos 2:16). Les importaba más el exterior que el interior, más con quién se les veía que la condición de su alma.


La respuesta de Jesús es un proverbio que resume y respalda toda su misión: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores. (Marcos 2:17). Un médico no se ofende por estar rodeado de enfermos: para eso está. Pero el dicho lleva también una ironía punzante: los que se creen sanos están tan enfermos como los demás. Los fariseos, con toda su moralidad religiosa, necesitaban la misma sanidad; lo trágico es que no reconocían el diagnóstico y por eso no acudían al único Médico que podía sanarlos. En el evangelio primero hay que saberse espiritualmente enfermo antes de recibir la sanidad que Cristo ofrece.


Para el pecador, esto es buena noticia: si Jesús vino a salvar pecadores, hay lugar para él. ¿Cómo se vive a la luz de esta verdad? Reconociendo que Dios llama y salva por pura gracia, lo cual mantiene en humildad constante; recordar que uno fue rescatado de su propio pecado evita volverse el tipo de fariseo más difícil de detectar, que no es el del hermano, sino el que vive dentro de uno mismo. También significa que el pecado ajeno no escandaliza: si Dios salva a todo tipo de pecadores —hasta a los peores—, no hay "pecaditos" ni pecadores demasiado lejos de la gracia. Y lleva a buscar amigos pecadores en lugar de aislarse, porque el mayor impacto de un creyente suele estar entre sus amigos que aún no creen, en el trabajo, la escuela o el vecindario. La cultura regia hasta ayuda —"carnita asada en casa, ¿quién no va a llegar?"—, con tal de hacerlo con intención misionera y sin apagar el cristianismo en esas reuniones. Por último, invita a celebrar cuando lleguen pecadores, aun sabiendo que su pecado a veces incomodará: conviene presupuestarlo de antemano, porque para eso existe la iglesia. No se planta una iglesia para atraer a los justos, sino porque Jesús vino a salvar pecadores.


¿Por qué no ayunas? (Marcos 2:18-22)


La segunda pregunta apunta a otro tipo de pecador: el que cree que ayunando o esforzándose puede salvarse a sí mismo, cegado por su legalismo. Los discípulos de Juan y los de los fariseos estaban ayunando, y al ver que los de Jesús no lo hacían preguntaron por qué. Detrás de la pregunta late la idea de que ellos hacían algo mejor, algo para ganarse la aceptación de Dios.


Conviene recordar que la ley de Moisés ordenaba un solo ayuno al año, en el día de la expiación, para humillarse y reconocer el pecado confiando en que alguien moría en su lugar. Los fariseos, en cambio, ayunaban al menos dos veces por semana —más de cien ayunos extra al año— y, según se sabe, lo hacían justo los días de mercado, cuando había más gente para verlos. Jesús mismo denunció esa actuación: Cuando ayunen, no pongan cara triste como los hipócritas, porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que están ayunando. (Mateo 6:16). Su ayuno era exterior, no del corazón; con él se creían dignos, sus propios salvadores, ciegos a su propia ceguera.


Este legalismo no es exclusivo de aquel tiempo. Aparece cuando alguien sirve, acomoda las sillas o se esfuerza por la iglesia y, en lugar de amor y gratitud, siente una "patadita" de molestia al ver llegar a otro relajado, con su café en la mano, sin la misma "entrega". Es la carne que reclama: "¿por qué no eres tan espiritual, tan disciplinado como yo?". El problema no es el café del otro; es el corazón que hace algo por Dios de manera legalista y luego lo exige de los demás.


Jesús responde con dos imágenes. La primera es una boda: ¿Acaso pueden ayunar los acompañantes del novio mientras el novio está con ellos? (Marcos 2:19). Es tiempo de gozo, no de luto; lo coherente sería alegrarse de que los enfermos sanan, los demonios son expulsados y un Maestro enseña con autoridad. Pero los fariseos no se gozaban, porque este Mesías no era el que esperaban. Jesús desliza entonces un primer destello de lo que vendrá: llegará el día en que el novio les sea quitado, y entonces ayunarán.


La segunda imagen habla de lo nuevo y lo viejo: Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo... y nadie echa vino nuevo en odres viejos. (Marcos 2:21-22). La tela nueva, al encoger, rasga la vieja; el vino nuevo, al fermentar y expandirse, revienta el odre ya estirado. El mensaje es directo: el reino de Dios no es un parche que se le cose a la vida religiosa de siempre. No se le puede añadir un poco de cielo a un reino propio que sigue mandando; intentar remendarlo solo lo empeora. Todo necesita ser hecho nuevo, porque seguir a Jesús no es agregar cristianismo a la vida de antes, sino ser transformado por completo y someterse con gozo al Rey.


Y aquí está la mejor noticia para el religioso: Jesús vino a salvar incluso a quienes creen que pueden salvarse solos. Hay esperanza para la mamá perfecta que cree que ya la hizo y para el emprendedor exitoso que se siente en paz con Dios por sus logros. Pero esta salvación por gracia, antes de ser gozosa, suele ser humillante, porque implica admitir que nadie se salva por sus ayunos, sus diezmos ni sus buenas obras. La gracia no se gana ni se sostiene con esfuerzo: ni las obras ponen "saldo a favor" con Dios, ni las faltas dejan en "saldo negativo". La salvación es por gracia y continúa por gracia.


Esto no autoriza la pereza ni el "comamos y bebamos que ya somos salvos". Sí existe una motivación correcta para obedecer, pero no es comprar el favor de Dios. ¿Cómo saber si el deseo de agradar se volvió legalismo? Cuando se actúa esperando que Dios quede en deuda, o cuando se mira mal a quien no hace lo mismo. La razón verdadera para obedecer la deja clara el mismo Jesús: Si me aman, guardarán mis mandamientos. (Juan 14:15). El motivo para obedecer, perdonar, amar al cónyuge o criar en el Señor es el amor a Cristo, y ese amor libera para obedecer con gozo, lejos del legalismo.


Conclusión


Nadie puede salvarse a sí mismo: ni el más echado para adelante, ni el más religioso. La buena noticia es que vino un Salvador, que el Creador también envió al Redentor y no dejó al ser humano en su perdición. Jesús vino a salvar pecadores, aun a los que creen que pueden salvarse solos.


A quien todavía no sigue a Cristo, este mensaje puede ofenderlo, porque afirma que todos somos pecadores; pero también puede consolarlo, porque ese pecado puede ser perdonado al poner la fe en Jesús. La respuesta es la misma de siempre: arrepentirse y creer en Él. Vale la pena seguir confiando en este Jesús y en su salvación.

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