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Siervos del Pecado o de la Justicia



"Por la obra de Cristo que nos libertó, ya no sirvamos al pecado sino a la justicia."

Cuando se busca una nueva casa en renta, hay un detalle que pesa más que el precio o la ubicación: quién es el rentero. Un rentero tirano puede arruinar toda la estancia—uno que entra sin permiso porque "también es su casa", o que cobra hasta lo que ya estaba dañado.

Imagina vivir bajo un rentero así, hasta que un día la propiedad cambia de dueño. El nuevo dueño es bondadoso y, conociendo el trauma anterior, condona tres meses como gesto de gracia. En medio de esa libertad, alguien toca la puerta. Es el rentero anterior reclamando: "Págame lo que me debes. Esta es mi casa". ¿Le abrirías la puerta? ¿Le pagarías? Claro que no. Él ya no es dueño de nada ahí.


Romanos 6:1-23 habla precisamente de esto. Un creyente que ha confiado en Cristo y ha sido liberado por la obra del Evangelio ya no tiene razón para seguir pecando, porque ahora tiene un nuevo dueño. La nueva vida ya no debe servir al pecado, sino a la justicia.


Por la obra de Cristo hemos muerto al pecado para andar en nueva vida (Romanos 6:1-11)


Pablo abre con dos preguntas: "¿Qué diremos entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde?". Su respuesta es categórica: de ningún modo.


El capítulo 5 de Romanos habla del reino de la gracia, de cómo Dios rescata a los creyentes de la ley para llevarlos a vivir bajo la gracia. En Roma, judíos y gentiles convivían en la iglesia, y un pensamiento peligroso podía surgir: si ya no hay ley, ¿se puede pecar deliberadamente? Pablo responde que no, y la razón es contundente:

nosotros que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6:2)


Pablo apunta al bautismo como imagen de esa unión con Cristo: todos los que han sido bautizados en Cristo Jesús han sido bautizados en su muerte y resucitados con Él en novedad de vida.


Cuatro sentidos de haber muerto al pecado

Esta muerte al pecado se entiende en al menos cuatro sentidos.


Jurídico. Dios trata al creyente como si hubiera muerto al pecado cuando Cristo murió. Por eso Gálatas 2:20 declara: con Cristo he sido juntamente crucificado (Gálatas 2:20).


Bautismal. La muerte de Cristo no solo es declarada por Dios, también es apropiada por la fe. El creyente puede decir: ya no tengo que vivir como pecador, porque la muerte de Cristo fue a mi favor por mis pecados.


Moral. Quien dice haber muerto al pecado lo demuestra con una vida que glorifica a Dios. La obediencia, el arrepentimiento y la fe diaria son la evidencia visible de esa verdad.


Escatológico. Esta muerte y resurrección incluyen una promesa: el creyente será resucitado en el día final.


Por eso Pablo concluye: considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Romanos 6:11). John Stott lo expresa así: "estamos en Cristo en la medida en que Dios acepta la vida de su Hijo como muerta por nosotros y su vida resucitada como una vida nueva para nosotros… ahora vivimos en él, por él y para él".


El bautismo como testimonio público


Pablo usa el bautismo como una identificación visible y tangible de esa unión con Cristo. Hay realidades espirituales que necesitan expresarse de forma pública: el bautismo es la acción donde se hace evidente ante otros que has muerto con Cristo y has resucitado con Él.


Si alguien ya ha puesto su fe en Jesús y cree que Cristo murió y resucitó por él, este es un buen momento para tomar la decisión de bautizarse. Esa identificación pública sirve como recordatorio cuando llegan los tiempos difíciles: "acuérdate del día en que entregaste tu vida".


Una doctrina que cambia la práctica

Si esta verdad se entiende, la pregunta "¿puedo pecar deliberadamente porque ya estoy bajo la gracia?" se vuelve absurda. Pensar "Dios me perdona, así que puedo seguir mintiendo en el trabajo, ofendiendo a mi cónyuge, maltratando a mis hijos o engañando a mi pareja" es exactamente lo que Pablo quiere erradicar.


Imagina que te subes a un juego mecánico, ese juego falla y te declaran sin vida. Los paramédicos logran revivirte con electroshocks. ¿Volverías a subirte a ese mismo juego? Probablemente no, porque ya conoces el peligro. De la misma manera: si has muerto al pecado y tienes una nueva vida, ¿por qué desearías regresar a esa muerte espiritual?


Por la obra de Cristo podemos presentarnos a Dios como instrumentos de justicia (Romanos 6:12-14)


Aquí está el corazón del capítulo. Pablo da dos advertencias y una exhortación.


No permitan que el pecado reine. El creyente tiene la responsabilidad de no dejar que el pecado domine sus pensamientos, deseos o acciones. La vida cristiana no es complaciente: hay que resistir activamente la tentación que toca a la puerta.


No ofrezcan los miembros del cuerpo como armas para la injusticia. El verbo en griego es "poner a disposición". No le des al pecado el control de lo que eres o lo que haces. El cuerpo puede ser arma para la injusticia o instrumento para servir a Dios.


Preséntense a Dios como vivos de entre los muertos. La exhortación positiva es ofrecer todo el ser a Dios como instrumento de justicia, para la edificación de su cuerpo y la gloria de su nombre. El pecado no tendrá dominio sobre ustedes, pues no están bajo la ley, sino bajo la gracia. (Romanos 6:14)


Lo notable aquí es que Pablo no usa el legalismo como motivación. No dice "pórtense bien porque hay diez mandamientos". Usa la gracia: pueden vivir para Dios precisamente porque la gracia recibida los ha libertado.


A los gatos, aun los más caseros, les queda el instinto de caza. A veces traen ratones muertos a la cama de su amo como una "ofrenda". Sería desagradable despertar y encontrarse algo así. De la misma manera, presentar el cuerpo como instrumento de injusticia es traerle a Dios una ofrenda desagradable. La pregunta es: ¿qué se le está ofreciendo a Dios cuando se usan los pensamientos, los recursos, el cuerpo entero?


No basta con apartarse del mal


A veces la vida cristiana se reduce a una lista de cosas prohibidas, como si ser cristiano fuera principalmente lo que no se hace. Pero la exhortación de Pablo es positiva: no solo apartarse del mal, sino hacer activamente lo bueno.


No solo se trata de cuidar lo que se habla, sino de usar la boca para adorar a Dios, hablar verdad y proclamar el Evangelio. No solo evitar pensar cosas malas, sino pensar en "todo lo que es digno de alabanza" (Filipenses 4:8). No solo evitar malgastar el dinero, sino usarlo de manera que glorifique a Dios. Todo lo que se es y se tiene puede ofrecerse como instrumento de justicia.


Y se hace no por miedo al castigo, sino porque la gracia ha hecho libres para vivir conforme a los estándares de Dios.


Por la obra de Cristo damos como fruto la santificación para vida eterna (Romanos 6:15-23)


Pablo regresa a la pregunta inicial: "¿pecaremos porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia?". La respuesta vuelve a ser de ningún modo, pero ahora añade una imagen poderosa: la esclavitud.


Si alguien vuelve a vivir como su viejo hombre, se está esclavizando de nuevo al pecado. Pero quien obedece a Dios muestra que realmente ha muerto para servir a la justicia.

gracias a Dios que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados. (Romanos 6:17)

Aquí aparece una verdad central: la doctrina moldea la vida. La enseñanza recibida forma la manera en que se vive. Si alguien ha entendido su nueva identidad en Cristo, vivirá conforme a ella.


En el Imperio Romano, la esclavitud era una realidad denigrante y dura. Por eso la imagen es vívida: regresar al pecado es volver a un amo tirano. Pero el creyente tiene un nuevo dueño, y ese nuevo dueño lo lleva a la santificación.


Ser esclavo del pecado puede parecer libertad mientras dura, pero el fin de esas cosas es muerte. En cambio, quienes han sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios tienen como fruto la santificación y como resultado la vida eterna.


la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Romanos 6:23)


El rentero que toca a la puerta


Volviendo al inicio: imagina estar tan traumado que cuando el viejo rentero llega, se le abre la puerta y se le empieza a buscar dinero para pagarle, aunque ya no se le deba nada. Eso es lo que ocurre cuando el creyente cede ante la tentación. Lo correcto es decirle al pecado: "lárgate, tú ya no eres dueño aquí. Yo no tengo que pagarte nada, porque ahora estoy en una nueva administración".


Cuando llegue la tentación, hay que recordarle al alma tres verdades: ya no le perteneces a Satanás; ya no estás muerto en tus pecados; ahora estás vivo para la gloria de Dios. Sin Cristo no había opción, pero por la gracia del Espíritu Santo ahora se le puede decir no al pecado y  a la justicia.


La santificación como obra progresiva


Si alguien ha puesto su fe en Jesús, Dios lo declara santo: es una santidad posicional, hecha una sola vez por la obra de Cristo. Pero al verse al espejo, sigue viendo a un pecador. Eso ocurre porque hay otra dimensión: el proceso de santificación, que es donde todo creyente se encuentra hoy.


La Confesión de Westminster lo define así: "la santificación es la obra de la gracia de Dios por la cual somos renovados en todo nuestro ser conforme a la imagen de Dios y capacitados cada vez más para morir al pecado y vivir para la justicia". Esta obra es progresiva, y como dicen los anglicanos: 100% obra de Dios y 100% obra nuestra. Es Dios obrando y el creyente obedeciendo.


Tres prácticas para vivir esta santificación


Obedece la palabra de Dios. La vida ya no se dirige a gusto propio, sino conforme a la palabra. Someter pensamientos y acciones a la Escritura forma instrumentos de justicia.


Mortifica el pecado. Mortificar implica renunciar a cosas, personas, pensamientos y hábitos que llevan a situaciones vulnerables. La mortificación es previa a la tentación: si hay una lucha persistente contra la pornografía, por ejemplo, se cuidan todos los caminos que llevan ahí. Eso requiere honestidad para identificar las debilidades y tomar decisiones intencionales para combatirlas.


Haz de las disciplinas espirituales un hábito. Quienes pasan por luchas profundas contra el pecado suelen estar lejos de sus disciplinas espirituales. El primer síntoma de la falta de amor por Dios es abandonar la lectura de la palabra, la oración, el ayuno y la comunión con los hermanos.


Conclusión


Martyn Lloyd-Jones lo expresa con precisión: "Pablo no le dice al creyente que muera al pecado, sino que ya ha muerto en Cristo al pecado. La batalla de la santificación comienza cuando entendemos esta verdad y dejamos de vernos como esclavos del pecado".


Estas verdades, sin embargo, solo están disponibles para quienes Cristo ha libertado. Quien no ha descansado toda su fe en la obra y la persona de Jesucristo no puede participar de estos beneficios. La buena noticia es que la obra de Cristo está disponible: ven a Él en arrepentimiento y fe, y participa de su muerte, sepultura y resurrección.


Para quienes ya creen pero viven como muertos: tú no tienes que morir al pecado, ya estás muerto al pecado. No tienes que seguir cediendo a esa tentación. Cristo ya te libertó.

Por la obra de Cristo que nos libertó, ya no sirvamos al pecado, sino a la justicia.

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