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Cristo en tu jornada laboral

Sirve a Cristo donde estés.

En Efesios 6:5-9, el apóstol Pablo instruye a siervos y amos sobre cómo vivir bajo el señorío de Cristo en una relación laboral marcada por desigualdad. Es un pasaje que incomoda porque habla de esclavitud, pero también sorprende porque coloca a Cristo como el Juez imparcial de ambos, y redefine la motivación, la dignidad y la responsabilidad de cada uno.

El punto no es romantizar condiciones injustas ni pretender que “esclavos = empleados” y “amos = jefes” de forma directa. El punto es más profundo: Cristo es Señor de todas las cosas, y por lo tanto el trabajo, sea cual sea, se vuelve un lugar real para servirle.


Contexto histórico: ¿qué era la esclavitud en Éfeso?


Antes de aplicar el texto al mundo moderno, ayuda entender por qué estas instrucciones eran tan contraculturales.


Cuando se escucha la palabra esclavitud, muchas veces la mente se va directamente a la esclavitud histórica en Estados Unidos: una esclavitud racial, brutal, y normalmente de por vida. Sin embargo, la esclavitud en el Imperio Romano no operaba exactamente igual.


En los tiempos de Pablo, la esclavitud no funcionaba principalmente por raza y no siempre era de por vida. Podía abarcar desde trabajos sencillos hasta responsabilidades administrativas, y las condiciones variaban según el carácter del amo.


Se estima que una gran porción del mundo romano vivía bajo esclavitud, y Éfeso no era la excepción. Lo más impactante es imaginar a la iglesia reunida escuchando esta carta: ahí estaban amos y esclavos, adorando al mismo Señor, escuchando la misma Palabra, llamados a vivir bajo el mismo evangelio.


¿Qué significaba este texto para los esclavos? (Efesios 6:5-8)


Pablo inicia hablando con los siervos. La instrucción central es clara: hacer el trabajo “como a Cristo”. Eso no niega el peso de su realidad, pero sí reordena el corazón: el entorno terrenal ya no es el centro, porque Cristo se vuelve el Amo supremo.


Y en este pasaje aparecen cuatro maneras concretas de glorificar a Cristo en el trabajo.


Trabajar con reverencia


Pablo dice que obedezcan “con temor y temblor”. Esa frase apunta a reverencia y respeto. El trabajo no se toma a la ligera. No se hace con desprecio, sarcasmo o apatía. Se hace con seriedad, porque se entiende que se está sirviendo bajo autoridad.


Trabajar de todo corazón


Se repite la idea de “corazón”: la sinceridad del corazón y hacer la voluntad de Dios “de corazón”. No es una obediencia hipócrita.


Una tentación evidente era rendir solo cuando el amo estaba cerca: el famoso “trabajo para ser visto”. El pasaje confronta eso de raíz. Si el trabajo se hace para el Señor, entonces se trabaja bien incluso cuando nadie está mirando.


Trabajar voluntariamente


Pablo insiste en “sirvan de buena voluntad”. No se trata de un ánimo fingido ni de negar el cansancio, pero sí de reconocer que el servicio a Cristo no puede vivirse desde una queja constante.


Un corazón que ve a Cristo como jefe puede empezar a experimentar libertad: libertad de la amargura, libertad de estar midiendo todo “a la fuerza”, libertad de vivir como si el día se tratara solo de aguantar.


Trabajar con expectativa de recompensa


La recompensa final no viene del amo terrenal. El pasaje recalca que el Señor recompensará “cualquier cosa buena” que se haga, sea siervo o libre.


Esto cambia la perspectiva: el creyente no trabaja esperando que la fidelidad siempre sea reconocida aquí y ahora. Aun si el esfuerzo pasa desapercibido, no se pierde.


En otras palabras, el trabajo deja de ser “solo un trabajo” y se convierte en un lugar donde Cristo ve, conoce, y no olvida ninguna fidelidad.


¿Qué significaba este texto para los amos? (Efesios 6:9)


Este verso es explosivo en su contexto. Pablo no solo reordena la vida del siervo; también confronta al amo.


La frase “hagan lo mismo” exige una reciprocidad que el mundo romano no esperaba: tratar a los siervos con integridad, respeto y gentileza, como si se estuviera tratando a Cristo.

Luego viene un límite directo al abuso: “dejen las amenazas”. La intimidación puede producir obediencia rápida, pero no produce un liderazgo que glorifique a Dios.


La razón que Pablo pone debajo de todo es esta: el amo no es la última autoridad. Hay un Señor sobre todos, y ese Señor juzga con justicia.


Y como si fuera poco, Pablo remata con una verdad que derrumba toda superioridad: Dios no hace acepción de personas. Pueden existir roles distintos, pero no existe un valor distinto delante del Creador. La iglesia no puede abrazar jerarquías que hacen a unas personas “más importantes” que otras.


¿Qué tiene que ver esto con nosotros?


El texto no es una invitación a normalizar injusticias ni a justificar abusos. Pero sí es un llamado a cambiar la manera de ver el trabajo y a las personas.


El trabajo es una bendición del Señor


No todos los trabajos se sienten iguales. Hay oficios más deseados y otros que casi nadie escogería, pero el pasaje empuja a mirar más profundo: el trabajo en sí mismo es un regalo, y puede convertirse en un lugar real para servir a Cristo.


Por eso la motivación del creyente no puede quedarse solamente en “la siguiente quincena” o “ya viene el aguinaldo”. Hay gratitud por el salario, pero hay una razón más grande: agradar al Señor, aun cuando el trabajo sea sencillo, repetitivo o poco reconocido.

También ayuda recordar un énfasis que la Reforma Protestante recuperó: no hay una línea real entre lo “secular” y lo “sagrado” como si Dios solo se alabara en ciertos oficios. Toda vocación puede hacerse bajo el señorío de Cristo.


Si trabajas: sirve a Cristo en tu trabajo


La aplicación más directa es esta: cuando trabajes, trabaja para Cristo.

Ver a Cristo como jefe trae una libertad real. Libera de vivir desde la queja. Libera de hacer lo mínimo “mientras te ven”. Libera de trabajar para la aprobación del jefe terrenal.


También expone el corazón. Hay trabajos que sacan impaciencia, resentimiento y cansancio. Pero justamente ahí aparece una oportunidad: llevarlo a Cristo para ser transformado.


Un trabajador así se vuelve una luz visible. No “gana” a nadie por sí mismo, pero puede abrir puertas para conversaciones significativas del evangelio.


Si lideras: sirve a Cristo en tu liderazgo


La aplicación no es solo para quienes obedecen. También es para quienes dirigen.


Si hay responsabilidad sobre otras personas, Efesios 6:9 no deja espacio para un liderazgo que se sostenga en la intimidación. El llamado es a la reciprocidad: tratar a quienes están bajo tu cuidado como te gustaría ser tratado. También es un llamado a cortar la hostilidad: dejar las amenazas, incluso aquellas que se disfrazan de “comentarios” pero que se sienten como presión.


Y debajo de todo está esta sobria advertencia: se rendirán cuentas. El liderazgo es retador, sí, pero el pasaje reubica el corazón. Nadie es “más” por estar arriba en una escalera. Los roles cambian. El valor no.


Este pasaje también cambia lo que se valora


El pasaje obliga a responder: ¿quién es Cristo para ti?


Sería incoherente pedir que alguien glorifique a Dios en el trabajo si Cristo no es supremo en la vida. Pero cuando Cristo es supremo, estas instrucciones dejan de sentirse anticuadas y se vuelven una guía real para vivir.


Y para quien no tiene a Cristo, el llamado final es claro: recibir al Amo supremo que se hizo siervo. Jesús no vino a aplastar, vino a servir; no vino a exigir desde lejos, vino a entregar su vida por pecadores para liberar de la esclavitud del pecado.


Conclusión


Donde sea que Dios haya puesto a una persona, el llamado es el mismo: servir a Cristo donde esté.


El trabajo puede ser pesado, frustrante, o muy bueno. Pero nunca es “solo trabajo”. Es un escenario donde se refleja qué se valora, a quién se sirve y dónde está puesta la identidad.

Cuando Cristo se vuelve el verdadero jefe, el corazón puede trabajar con reverencia, con integridad, con buena voluntad y con esperanza. Y cuando Cristo se vuelve el verdadero Señor, también cambia la manera de ver a los demás: sin acepción de personas, sin jerarquías de valor, tratando a todos con el mismo respeto y dignidad.

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