Volviendo a la Palabra: Una Iglesia que Predica Fielmente
- Josue Lara
- 28 dic 2025
- 4 Min. de lectura
"Dios va a completar su obra de salvación en el mundo a través de una iglesia que predica fielmente la palabra."
Hechos 8:1-40 muestra un giro decisivo: la iglesia deja de estar limitada a Jerusalén y el evangelio comienza a expandirse hacia Judea, Samaria y, finalmente, “hasta lo último de la tierra”. En este capítulo se ve una tensión constante: persecución y gozo, lágrimas y regocijo, oposición y avance.
Una forma de imaginarlo es con una escena de Volver al futuro 2: alguien obtiene información confiable del futuro y, con esa ventaja, vive el presente de otra manera. Hechos 8 entrega una “información del futuro” mejor: Dios cumplirá su plan de salvación a través de una iglesia que permanece fiel a su Palabra.
La iglesia fiel a la palabra triunfa sobre la persecución (Hechos 8:1-8)
Hechos 8 inicia con una realidad dura: tras la muerte de Esteban se desata una “gran persecución” (Hechos 8:1). Saulo entra de casa en casa, arrastra a hombres y mujeres y los lleva a la cárcel (Hechos 8:3). La escena no minimiza el dolor: hay duelo, llanto, pérdida y dispersión.
Pero el texto muestra algo inesperado: la persecución no apaga el testimonio, sino que lo esparce.
Los que habían sido esparcidos iban predicando la palabra. (Hechos 8:4)En lugar de quedarse paralizados por el temor, los creyentes salen anunciando el evangelio. Esto revela que una iglesia no se sostiene por métodos, comodidad o circunstancias favorables, sino por la fidelidad a lo que Dios ha dicho.
Incluso aparece un contraste intencional: al principio hay “gran persecución” y hombres piadosos lloran “a gran voz” por Esteban (Hechos 8:2). Después, al avanzar el evangelio, lo que se escucha “a gran voz” ya no es solo llanto, sino el grito de espíritus inmundos al ser expulsados (Hechos 8:7). El capítulo presenta el evangelio como un poder que avanza aun cuando el sufrimiento aprieta.
La palabra es el gran poder de Dios para salvación (Hechos 8:9-25)
En Samaria, la gente había sido asombrada por Simón, un hombre que practicaba magia y era considerado por muchos como “el gran poder de Dios” (Hechos 8:9-11). La ciudad estaba acostumbrada a lo espectacular.
La historia cambia cuando Felipe anuncia “las buenas nuevas del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús” (Hechos 8:12). La atención que antes se le daba a la magia se reorienta hacia el evangelio. La Palabra predicada produce fe, bautismos y gozo.
En este punto surge una advertencia: Simón “creyó” y fue bautizado (Hechos 8:13), pero después muestra un corazón torcido al querer comprar con dinero la autoridad espiritual (Hechos 8:18-19). Pedro lo confronta con palabras severas:
Tu corazón no es recto delante de Dios… arrepiéntete… porque veo que estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad. (Hechos 8:21-23)El capítulo enseña que la palabra de Dios no solo atrae multitudes: también expone motivaciones. En una comunidad cristiana puede haber personas cerca de lo espiritual, incluso fascinadas por lo sobrenatural, pero sin un corazón rendido. Por eso la confianza final no está en filtros humanos ni en procesos “infalibles”, sino en que Dios usa su Palabra para revelar el corazón.
El Espíritu Santo llena a los que creen de verdad (Hechos 8:26-40)
En la segunda mitad del capítulo, la atención se mueve a un encuentro providencial: Felipe es dirigido hacia un camino desierto (Hechos 8:26). Allí aparece un etíope, funcionario importante, que regresa de Jerusalén leyendo al profeta Isaías (Hechos 8:27-28).
La conversación inicia con una pregunta sencilla: “¿Entiende usted lo que lee?” (Hechos 8:30). La respuesta también es directa:
¿Cómo podré, a menos que alguien me guíe? (Hechos 8:31)El pasaje que está leyendo apunta al Siervo sufriente (Isaías 53). Felipe comienza desde ese texto y le anuncia el evangelio de Jesús (Hechos 8:35). El resultado es inmediato: al ver agua, el etíope pregunta qué le impide ser bautizado.
Aquí se nota un hilo pastoral profundo: durante mucho tiempo este hombre había vivido con “impedimentos” religiosos y limitaciones de acceso. Y, sin embargo, la Escritura misma contiene una promesa que anticipa la inclusión del extranjero y del eunuco:
No diga el eunuco: “Soy un árbol seco”… les daré en mi casa y en mis muros un lugar y un nombre… un nombre eterno que nunca será borrado. (Isaías 56:3-5)La respuesta es clara: si hay fe verdadera, no hay barrera definitiva. El etíope confiesa y es bautizado, y el capítulo cierra como comenzó esta sección: con gozo.
Continuó su camino gozoso. (Hechos 8:39)Conclusión
Como en Volver al Futuro: si alguien tuviera información confiable del futuro, viviría el presente con otra perspectiva. Hechos 8 nos da una certeza aún mayor: Dios completará su obra de salvación mediante una iglesia que predica fielmente su Palabra.
Por eso, cuando llegue la persecución, el cansancio o la escasez, la respuesta no es correr a “nuevos métodos” como si ahí estuviera el poder, sino volver a la Palabra: seguir predicando el evangelio, confiando en que Dios expone a los falsos y sostiene a los verdaderos.
Y el final del camino también está asegurado. La Palabra no solo explica el sufrimiento: promete un final donde el Cordero pastorea a su pueblo y Dios enjuga toda lágrima.
Estos son los que han salido de la gran tribulación… Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. (Apocalipsis 7:14-17)


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