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Una crianza llena del Espíritu

Una crianza llena del Espíritu se ve con hijos gozosamente obedientes y con padres comprometidos en la crianza.

En Efesios 6:1-4, el apóstol Pablo muestra cómo se ve la vida en Cristo dentro de la familia. En un mundo lleno de modelos de crianza: filosofías, métodos, consejos, y sobre todo una avalancha de contenido en redes sociales. Dios ha provisto la Palabra de Dios para formar y corregir los corazones. Una guía suficiente y sabia para formar hogares que le glorifiquen.


Este pasaje no solo ayuda a quienes están criando hijos en casa. También forma a toda la iglesia para amar y servir: solteros, jóvenes, matrimonios sin hijos, abuelos, viudos y quienes ya no tienen hijos en el hogar pueden recordar estas verdades y sostener a las familias en su caminar.


Toda la iglesia puede sostener a las familias de forma muy práctica, celebrando a los niños, mostrando paciencia cuando hay desorden, y animando y acompañando a los papás en el proceso.


Hijos obedientes en el Señor (Efesios 6:1-3)


Pablo se dirige directamente a los hijos. Eso nos recuerda que los niños no son espectadores: también son parte de la iglesia que escucha la palabra y responde a ella.


La instrucción es clara y sencilla: obedecer y honrar a papá y mamá. Esto no es un llamado a una obediencia meramente externa, sino a una obediencia que honra, que no se expresa con quejas, gestos o berrinches.


Pablo también da razones para motivar a los hijos:


Porque esto es justo. Pedir obediencia “en el Señor” no es capricho, es bueno y correcto. No buscar esa obediencia sería injusto.


Porque hay una promesa. El mandamiento de honrar a padre y madre viene con una promesa: “para que te vaya bien y para que tengas larga vida sobre la tierra”. Esto no significa ausencia total de sufrimiento, enfermedad o dolor, sino que la desobediencia pone al hijo en peligro, mientras que la honra y la obediencia forman sabiduría y protegen de muchos pecados.


Además, cuando los hijos fallan, el texto también apunta a algo importante: el problema no es solo la conducta, sino el corazón. Por eso la respuesta final es ir a Jesús con arrepentimiento y fe. Nadie será un hijo perfecto, pero Jesús sí lo fue. Y la buena noticia es que Cristo murió por pecadores desobedientes, para perdonar y transformar.


Padres comprometidos en la crianza (Efesios 6:4)


Después de hablar a los hijos, Pablo instruye a los padres:“Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino que críenlos en la disciplina e instrucción del Señor” (Efesios 6:4).


Esta instrucción redime el valor de los niños y también la paternidad. En un contexto donde la autoridad paterna era áspera y podía usarse para abusar, el evangelio pone límites y define un liderazgo que edifica.


El mandato trae dos retos:


No provocar a ira


La disciplina puede volverse destructiva cuando se hace “al tú por tú”, cuando se toma la desobediencia como algo personal, o cuando se impone de forma desmedida.


Algunas maneras comunes de provocar a ira incluyen:

  • No considerar que son niños.

  • Compararlos con otros.

  • Ser inconsistentes (a veces sí, a veces no).

  • Amenazar consecuencias y no cumplir.

  • Castigos desproporcionados.

  • Disciplinar por razones no bíblicas (por ejemplo, castigar un accidente).

  • Presionar a los hijos para cumplir metas, anhelos u objetivos de los padres.


El llamado es a una crianza justa, amorosa, consistente, paciente y llena de gracia.


Criarlos en la disciplina e instrucción del Señor


La disciplina implica entrenamiento real, con límites y consecuencias, y es una expresión de amor. La Escritura lo afirma con claridad: “El que evita la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo disciplina con diligencia” (Proverbios 13:24) También: “Porque el Señor al que ama disciplina” (Hebreos 12:6).


La instrucción implica enseñanza verbal: consejo, advertencia, dirección. No solo se corrige, también se forma.


Este discipulado no se delega, no se pausa y no se omite. La iglesia y el ministerio de niños pueden ayudar, pero no sustituyen la responsabilidad del hogar. Por eso se anima a los padres a usar los recursos de la iglesia, preguntar qué están aprendiendo los niños y reforzarlo durante la semana.


Por eso no se delega ni se pospone: los niños son como cemento fresco, y ese tiempo para formar no dura para siempre.


Entre las disciplinas prácticas que se subrayan:

  • Asistir con constancia a la iglesia los domingos.

  • Buscar comunidad y vida en familia con otras personas de la iglesia.

  • Enseñarles de Jesús, una y otra vez: la gran historia de redención, conectar la Biblia con Cristo y exponer el evangelio de forma constante.


Y en medio de esta carga, también hay momentos en los que te das cuenta de que fallaste. Después de disciplinar a un hijo, tu cónyuge puede hacerte una pregunta que te confronte por días: “¿Estás utilizando la misma paciencia que el Padre tiene hacia ti con tus hijos?”. Ese momento le pone carne al mensaje: cuando un papá o una mamá falla, no se trata de esconderse ni de cargar culpa sin salida, sino de volver al Padre, arrepentirse y seguir criando con esperanza.


Conclusión


Este pasaje no solo confronta, también consuela. La crianza no será perfecta, y eso se vuelve evidente con frecuencia. Pero hay esperanza en el evangelio: el Padre es perfecto en su amor, paciencia y disciplina; y su Espíritu mora en los creyentes para ayudarles a criar.


Cuidado con filosofías de crianza que ignoran que todos tenemos un corazón que se equivoca, y con las redes sociales llenas de "expertos". Una visión que asume que los niños "son buenos" por naturaleza contradice la enseñanza bíblica sobre el pecado y la necesidad de un Salvador.


Criar puede abrumar. Y es importante decirlo con claridad: la crianza no será perfecta. Pero el evangelio sostiene a padres y a hijos.


Hay esperanza cuando los padres reconocen su necesidad de la paciencia de Dios, y cuando miran al Padre perfecto que corrige con amor e instruye con su Palabra. Y hay esperanza cuando los hijos ven al Hijo obediente, Jesucristo, quien murió por pecadores y da perdón y vida nueva.


Una crianza llena del Espíritu se ve con hijos gozosamente obedientes y con padres comprometidos en la crianza.

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