Desea la Palabra Como los Niños Desean la Leche
- Felipe Pliego
- 30 nov 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 26 dic 2025
"Porque la palabra de Dios es poderosa para transformar el corazón, tú debes desearla diariamente."
¿Alguna vez has luchado por obtener algo con todo tu corazón, solo para perder el interés una vez que lo tienes? Ese patrón revela algo profundo sobre la condición humana. Y tristemente, esta misma dinámica puede afectar nuestra relación con la Escritura. Muchos creyentes batallamos con encontrar una motivación profunda para desear la palabra de Dios de manera constante.
1 Pedro 2:1-3 confronta directamente esta realidad: "Por tanto, desechando toda malicia y todo engaño e hipocresías y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos la leche pura de la palabra para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor."
El apóstol Pedro reconoce que, aunque les escribe a los elegidos de Dios, ellos necesitan seguir creciendo espiritualmente. Necesitan madurar en su fe para enfrentar las aflicciones, vivir en santidad y amar a sus hermanos. Y esto solo será posible si continúan anhelando la leche pura de la palabra.
Desea la palabra como niños recién nacidos (1 Pedro 2:2-3)
El término que Pedro utiliza—deseen—transmite la idea de anhelar algo con tal intensidad que nada en este mundo puede calmar ese apetito. No es una sugerencia ni una opción. Es un imperativo, un mandato que proviene de Dios mismo diciéndole a su iglesia: deseen la palabra.
La imagen es poderosa y cercana: los creyentes deben desear la verdad de Dios de la misma manera en que los niños recién nacidos necesitan la leche materna. Los bebés comen como si no hubiese mañana. Cuando se acerca el biberón, abren su boca desesperados buscando ser alimentados. ¿Cuántas veces hemos estado así por desear la palabra, sentarnos a la mesa, abrir la Escritura y ser transformados por ella?
Como decía John Piper: "si quieres que Dios te hable, lee las Escrituras. Y si quieres que Dios te hable audiblemente, lee las Escrituras en voz alta."
Pedro no está insinuando que los creyentes sean niños espirituales. Usa esta comparación para ilustrar que no importa cuántos años tengamos en la fe—una semana, un mes, veinte o cincuenta años—todo creyente debe desear intensamente la leche pura de la palabra.
El problema de la incredulidad
¿Qué pasaría si el techo se abriera y ángeles descendieran ordenando: "¡Pónganse a orar!"? Todos obedeceríamos inmediatamente. Pero cuando leemos la Escritura y nos dice que hagamos algo, muchas veces no lo hacemos. Eso es un problema de incredulidad—una falta de fe en lo que la Escritura puede hacer en nuestro corazón y en que ella es inspirada por Dios mismo hablándonos.
Para el verdadero creyente, la palabra debe ser tan necesaria como el aire que respiramos. Como el salmista declara en el Salmo 119:20: "Quebrantada está mi alma, anhelando tus ordenanzas en todo tiempo." Y en el Salmo 19:10 afirma que la palabra es más deseable que el oro y que la miel.
Ve a la palabra aunque no tengas ganas
Acercarnos a la Escritura aun sin deseo es un acto de obediencia y fe en el poder de Dios. Como decía San Agustín de Hipona: "Concédeme, oh Señor, lo que mandas y mándame lo que quieras." El Evangelio no solo nos dice lo que debemos hacer—nos da el poder para realizarlo.
¿Cuándo fue la última vez que oraste para que Dios te diera hambre por leer su palabra? Dile al Señor: "Abre mis ojos para ver las maravillas de tu ley." Y mientras esperas esa transformación, ve a la palabra. No esperes que una emoción pasajera te guíe.
El resultado: crecimiento espiritual
El texto continúa: "para que por ella crezcan para salvación." El único camino que nos transforma a la imagen de Cristo es el camino de la palabra. Es el alimento que nos da los nutrientes necesarios para no padecer desnutrición espiritual. Así como la leche materna provee anticuerpos y todo lo que un bebé necesita para no enfermarse, la palabra nos da todo lo que nuestro corazón necesita para no creer mentiras, no dejarnos llevar por emociones y conocer más a Dios.
Dios no tiene planeado dejarnos como estamos. El medio que seguirá usando para transformarnos es su palabra. Por ella llegaremos a la plenitud de nuestra santificación.
La motivación: hemos probado la bondad del Señor
El versículo 3 añade: "si es que han probado la bondad del Señor." La máxima expresión de bondad ya la hemos experimentado: ver al Cordero de Dios colgado en una cruz, muriendo por nuestros pecados. También vemos su tierno cuidado cotidiano al darnos empleo, alimento, techo y ropa. Cada día su misericordia es nueva.
Si has degustado la bondad del Señor, desea la palabra. Ahí podrás seguir conociendo a este Dios que es tres veces santo, omnipotente, todo amor—que amó hasta el punto de entregar a su Hijo para salvarte.
Desecha los pecados que quitan tu hambre por la palabra (1 Pedro 2:1)
El capítulo 2 comienza con un "por tanto" que conecta con el capítulo 1:22-23, donde Pedro explica que los creyentes han nacido de nuevo mediante la palabra de Dios. Como una madre da a luz a su hijo y ese hijo se alimenta de ella, aquellos que han nacido de la palabra deben alimentarse de la palabra.
Por eso el autor ordena: "desechando toda malicia y todo engaño e hipocresías y envidias y toda difamación." La imagen es quitarse la ropa sucia y ponerse una limpia. El apóstol Pablo usa el mismo lenguaje en Efesios 4:22 y Colosenses 3:8.
Hay un círculo virtuoso: ¿Qué debo hacer? Desear la palabra. ¿Cómo? Desechando todo pecado. Y al revés: ¿Qué debo hacer? Desechar el pecado. ¿Cómo? Deseando la palabra.
Si nuestra hambre por la palabra ha menguado, la respuesta no es alejarnos de ella. Abandona tu pecado, pero no abandones la Escritura. No abandones el antídoto por el cual tu pecado puede menguar y dejar de existir.
Cuando atesoras a Cristo por medio de las Escrituras, podrás responder con gracia ante la malicia, hablar siempre con verdad, vivir bajo tu nueva identidad en Cristo y vencer la envidia—recordando que en Él te ha sido dada toda bendición espiritual.
Conclusión
El Salmo 34:8 invita: "Gustad y ved que bueno es el Señor. Cuán bienaventurado es el hombre que en él se refugia." No hay otro lugar donde encontrar refugio seguro si no es en Cristo a través de su palabra.
Dios no nos ha hecho creyentes para vivir en soledad, sino en comunidad. Echa mano de esa familia espiritual. Comparte que estás batallando con desear leer la palabra y anímense los unos a los otros.
Confía en Cristo. Él morará en ti por medio de su Espíritu Santo y podrás desear la palabra y ponerla en práctica.



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