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La iglesia local: un lugar para madurar

"Dios usa la iglesia local para madurarte. Así que tú debes comprometerte con ella para amarla y servirla."

En más de una conversación, una persona puede parecer muy prometedora: habla mucho de Dios y de la Escritura. Pero cuando el tema llegó a la iglesia y a los pastores, aparecieron los "peros": "yo tengo mi relación personal con Dios en mi casa... yo no necesito a la iglesia... la iglesia está llena de hipócritas". Esa manera de pensar es común, y suele sonar espiritual, pero termina desconectando a la persona del medio que Cristo estableció para cuidar, edificar y madurar a su pueblo.


La vida cristiana no fue diseñada para vivirse en aislamiento. La Escritura enseña que Dios tiene un plan para reunir a su pueblo en Cristo y, por medio de ese pueblo, mostrar su sabiduría al mundo. Ese plan se expresa de forma concreta en una comunidad real, con gente real, con pecados reales y con una gracia real.


Este mensaje expone Efesios 4:11-16 y responde una pregunta práctica: ¿cómo forma Dios una iglesia unida y santa? La respuesta es que Dios usa la iglesia local como el medio ordinario para madurar a cada creyente.


Dios usa el liderazgo de la iglesia para que pueda servir mejor a la iglesia (Efesios 4:11-12)


La iglesia es el cuerpo de Cristo. Y Cristo, en su gracia, dio dones a su iglesia en forma de liderazgo: apóstoles, profetas, evangelistas y pastores y maestros. En el contexto de Efesios, estos dones no son premios para levantar celebridades espirituales, sino herramientas para edificar a todo el cuerpo.


Los apóstoles y profetas tuvieron un papel fundacional: pusieron el cimiento sobre el cual se edifica la iglesia. Por eso, la iglesia no vive buscando “nuevas revelaciones” como si la Escritura fuera insuficiente. La palabra de Dios ya está completa para la fe y la vida.


En cada iglesia local, el rol indispensable es el de pastores y maestros: personas llamadas por Dios y confirmadas por la iglesia para alimentar, cuidar y guiar a la congregación. No son perfectos, pero deben ser piadosos. No son la cabeza de la iglesia, porque la cabeza es Cristo; son administradores que rinden cuentas.


El propósito del liderazgo se resume en una frase clave:

a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. (Efesios 4:12)

El texto no dice que los pastores hacen toda la obra del ministerio. Dice que capacitan a los santos para que los santos sirvan. La iglesia entera está llamada al ministerio.


Aquí aparece una tensión real: hay pastores que han abusado de autoridad y han lastimado a muchas personas. Eso no debe ignorarse. Pero tampoco debe redefinir el diseño bíblico. Los pastores fieles no están llamados a enseñorearse, sino a servir.


Y también hay una realidad que madura a todos: los pastores no harán todo “como se espera”. Muchas veces fallarán. Aun así, Dios usa esa relación para formar a Cristo tanto en líderes como en miembros, produciendo gracia, paciencia y misericordia.


La responsabilidad de edificar el cuerpo no recae solo en los líderes. Si la iglesia quiere florecer, se necesitan las manos de todos. El servicio no se limita a puestos visibles. Hay un servicio silencioso, profundo y bíblico: buscar a otra persona para animarla, orar por ella y caminar en discipulado.


Dios usa tu iglesia para formar la imagen de Jesús en ti (Efesios 4:13)


El objetivo de la madurez cristiana no es formar “gente más moral” sin más. El objetivo final es mucho mayor:

hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. (Efesios 4:13)

La iglesia local es el contexto donde Dios forma, poco a poco, la imagen de su Hijo.

Esa meta se describe con dos énfasis:


Unidad de la fe. La iglesia camina unida en convicciones compartidas. No es unidad “a cualquier costo”, sino unidad fundada en la verdad.


Pleno conocimiento del Hijo de Dios. No es solo información en la mente, sino conocimiento experiencial: conocer a Cristo en la práctica, en la comunión, en el servicio, en el perdón, en la paciencia ejercitada en situaciones reales.


Por eso la vida cristiana aislada siempre queda incompleta. No todos tienen familia, cónyuge o hijos, pero todo creyente debe tener una iglesia. Dios estableció medios de gracia para santificarnos: su palabra, la oración y la comunión. No sucede “mágicamente”, sucede por los caminos que el Señor mismo instituyó.


Plantar la vida en una iglesia vale la pena, porque Dios promete algo concreto: formar a Cristo en su pueblo.


Dios te madura en la iglesia para tu propio provecho y el de los demás (Efesios 4:14-16)


La madurez produce frutos visibles.


Estabilidad frente al error (Efesios 4:14)


Pablo contrasta al creyente maduro con un niño:

ya no seremos niños sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina… (Efesios 4:14)

La inmadurez espiritual produce inestabilidad: hoy sí, mañana no. Hoy entusiasmo, mañana abandono. La iglesia local, vivida con compromiso, forma convicciones firmes y un carácter estable.


También se evidencia un peligro: se puede tener información teológica y seguir siendo inmaduro. Como cuando un niño puede repetir una verdad correcta, pero todavía no sabe vivirla. El crecimiento real ocurre cuando la verdad baja al corazón y se traduce en práctica: en el hogar, en el trabajo y en las relaciones dentro de la iglesia.


Verdad con amor (Efesios 4:15)


Una iglesia madura no solo ama la verdad. Habla la verdad en amor.


La verdad sin amor se vuelve crueldad. La madurez no es decir lo correcto de cualquier manera, sino comportarse de manera correcta en el momento adecuado. Hablar con amor implica discernir a quién se habla, cuál es la situación y qué necesita esa persona.


Cada miembro funcionando para edificación (Efesios 4:16)


La iglesia crece cuando cada parte hace su función:

de quien todo el cuerpo… conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor. (Efesios 4:16)

No hay “miembros de sobra”. Dios usa la participación real de cada creyente para edificar a otros. Y en ese proceso, cada creyente también es edificado.


La iglesia puede ser un lugar difícil. Es un lugar donde se puede sufrir: por decepciones, malentendidos y heridas. Pero también es el lugar donde se experimenta amor, gracia y cuidado de una manera única.


Y hay una razón final que lo sostiene todo: vale la pena amar y servir a la iglesia porque Jesús ama a su iglesia. El valor y la dignidad de la iglesia no vienen de la calidad de sus miembros, sino del sacrificio de su Señor. Cristo entregó su vida por ella y prometió presentarla madura cuando regrese.


Conclusión


Dios usa la iglesia local para madurar a su pueblo.

Por eso, el llamado es claro: plantarse en una iglesia local, comprometerse con ella, amarla y servirla. No porque sea perfecta, sino porque Cristo la ama y porque Dios la usa para formar a Cristo en quienes le pertenecen.


La postura de “amo a Dios, pero no necesito congregarme” suele buscar una iglesia ideal antes de comprometerse, aunque esa misma postura es la que mantiene a muchas personas lejos de la vida real del cuerpo de Cristo. Pero la iglesia no es el lugar donde se exhibe perfección, sino el lugar donde Dios perfecciona a su pueblo. Sí, es un lugar difícil y a veces doloroso. También es el lugar donde se experimenta una gracia y un amor que no se encuentran viviendo la fe en solitario. Y, sobre todo, vale la pena porque Jesús ama a su iglesia y entregó su vida por ella.

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