No Olvides de Dónde Vienes
- Sergio González

- 28 sept 2025
- 4 Min. de lectura
Recuerda que estábamos separados, que fuimos reconciliados y en quienes nos hemos convertido.
Es fácil que olvidemos las cosas, y es sumamente peligroso cuando lo que olvidamos son las verdades del evangelio. Como cristianos, aún tenemos lugares en nuestras vidas donde no le creemos completamente a Dios, donde no confiamos en su palabra y no creemos que lo que Él ha logrado en Cristo Jesús es suficiente para nuestro pasado, presente o futuro.
En Efesios 2:11-22, el apóstol Pablo continúa escribiendo verdades sobre la iglesia y los creyentes, verdades que deben ser cimentadas en nuestras vidas como una brújula que nos permite seguir navegando como discípulos de Cristo.
Recuerda la Separación
Pablo comienza diciéndoles a los gentiles: "recuerden que en otro tiempo, ustedes los gentiles en la carne, que son llamados incircuncisión... recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo."
Esta instrucción de recordar no es casual. Pablo sabe que a los creyentes se nos olvidan estas verdades, y algo que no debemos olvidar es lo que éramos antes de ser reconciliados. La distinción entre judíos y gentiles era clara: los judíos tenían la circuncisión como marca física de su pacto con Dios, mientras que los gentiles no tenían esta marca.
La condición del gentil antes de Cristo era trágica: estaban sin Cristo, sin esperanza en un Mesías, lejos de Él, excluidos de la ciudadanía celestial, desprotegidos y totalmente vulnerables. Eran como migrantes sin papeles, desesperanzados y sin Dios.
No confíes en tu memoria para recordar quién eras; confía en la palabra de Dios. Muchas veces, con el tiempo, vamos diluyendo nuestra maldad, olvidando quiénes éramos realmente. Pero si olvidamos de dónde venimos, si olvidamos cuál era nuestra condición antes de ser reconciliados, corremos un gran peligro: en vez de tener gratitud, tendremos un sentido de derecho, creyendo que merecíamos haber sido rescatados.
Recuerda la Reconciliación
Luego viene el hermoso "pero" de Dios: "Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo, porque Él mismo es nuestra paz."
La obra de Cristo en estos versículos es asombrosa: nos acercó, nos reconcilió y nos unió. Se necesitó la sangre de Cristo. Se necesitó la cruz de Cristo. La única manera para hacer la paz con Dios era mediante la sangre de Jesús de Nazaret.
Jesús murió en la cruz de manera histórica, pública y visible, con implicaciones teológicas profundas: murió en lugar de los pecadores, soportó nuestro castigo por nuestro pecado, tomó nuestro lugar para que pudiéramos ser declarados justos.
Los beneficios de esta obra son extraordinarios:
Fuimos acercados: los que estábamos lejos ahora hemos sido acercados
Fuimos reconciliados: tenemos paz entre nosotros y Dios, y también paz entre nosotros y nuestro prójimo
Fuimos hechos uno: Cristo derribó la pared intermedia de separación, creando "un nuevo hombre"
Esto significa que Dios no tiene dos pueblos, Dios tiene un pueblo. En la iglesia local puede haber gente de diferentes razas, etnias, nacionalidades y estatus económicos, porque es Cristo quien une a todo tipo de personas en un solo pueblo. Por tanto, el clasismo y el racismo no tienen cabida en la iglesia de Cristo.
Además, tenemos entrada al Padre por el Espíritu. A través de Cristo tenemos acceso por el Espíritu al Padre. Este acceso se manifiesta en la oración: cuando oramos, tenemos acceso al Padre no por nuestros esfuerzos u obras, sino por la obra de Cristo en el Espíritu.
Recuerda tu Identidad
Finalmente, Pablo presenta tres imágenes poderosas de nuestra nueva identidad:
Somos ciudadanos del reino de los cielos. Los gentiles no son ciudadanos de segunda clase, sino miembros completos del reino. Esta ciudadanía celestial es superior a cualquier ciudadanía terrenal: estamos protegidos, ya no vulnerables, ya no aislados, somos parte del único reino eterno.
Somos familia en la casa de Dios. No somos solo ciudadanos unidos, somos una familia. La iglesia no es un hotel donde visitamos ocasionalmente y damos propina cuando nos sirven como nos gusta; la iglesia es una familia en la cual tenemos privilegios y responsabilidades.
Somos piedras en el templo de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular. Esta piedra angular es la que hace que el edificio sea posible, que el templo esté alineado, que haya unidad y crecimiento. Sin Cristo Jesús, no hay unidad, no hay crecimiento, no hay iglesia.
La presencia manifiesta de Dios ya no está limitada a un lugar, edificio o grupo étnico. Está en cada persona por todo el mundo. Dios toma a personas como piedras para edificar un templo para su gloria: un templo santo de toda tribu, lengua y nación.
Aplicación
Cristo desea un pueblo, no solo individuos aislados. Decidir estar separado de la iglesia local es como querer ser una piedra separada del edificio, un hijo separado de la familia, o un refugiado lejos de su país.
La iglesia local debe ser primordial para el seguidor de Cristo. El Nuevo Testamento asume que el creyente es miembro de una iglesia local, bajo el cuidado de sus pastores, rindiendo cuentas y teniendo apoyo de sus hermanos.
Además, la iglesia se edifica con piedras de todo tipo: todas las edades, nacionalidades, clases sociales y culturas. El mismo Evangelio que te alcanzó a ti alcanzará a todo tipo de piedras.
No olvidemos estas verdades. Cuando venga la idea de rechazo, recuerda que fuiste acercado. Cuando venga la idea de enemistad con Dios, recuerda que fuiste reconciliado. Cuando venga la idea de soledad, recuérdate que eres parte de un nuevo hombre. Y si se te olvidan estas cosas, acércate a una comunidad que te las recuerde.
La instrucción es clara: recuerda que estabas separado, que fuiste reconciliado y en quién te has convertido. Estas verdades deben ser nuestro fundamento y nuestra brújula como discípulos de Cristo.



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