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Cinco palabras que llaman al arrepentimiento

Actualizado: 11 feb


"Proclama la palabra que tiene poder para producir arrepentimiento"

En Jonás 3:1-10 el relato alcanza un punto que desafía toda expectativa. El profeta que huyó, que fue tragado por un gran pez y devuelto a tierra firme, recibe de nuevo la misma instrucción. Esta vez obedece. Y lo que ocurre con un mensaje de apenas cinco palabras sacude los cimientos de toda una ciudad.


Un locutor de radio, reconocido por su ateísmo, narraba una mañana la noticia del secuestro de una niña. Mientras describía lo que los criminales le habían hecho, su voz se quebró. Se salió del guion y dijo algo que no encajaba con su cosmovisión: "Yo no sé, pero estos hombres, ya sea en esta vida o en la otra, pagarán por lo que han hecho." En alguien que negaba la existencia de Dios, ese sentimiento interno de justicia salió a relucir. Dentro de él había una brújula colocada por el Creador, anhelando que el mal no quede sin consecuencias. Los habitantes de Nínive reconocieron esa misma verdad: darían cuentas ante su Creador por sus maldades. Lo que tanto ese locutor como los ninivitas necesitaban era conectar ese anhelo interior de justicia con el mensaje de Dios proclamado por su pueblo.


Dios otorga su palabra (Jonás 3:1-4)


Jonás 3 funciona como un espejo del capítulo 1. En ambos, Jonás recibe palabra del Señor. En ambos, se traslada. En ambos, interactúa con gentiles que responden al mensaje. En el capítulo 1 fueron los marineros; en el capítulo 3, los ninivitas. Es un pasaje paralelo que muestra cómo Dios actúa y revela su misericordia.


El verso 1 retoma justo después de Jonás 2:10, donde el Señor ordena al pez que vomite al profeta en tierra firme. Después de esa experiencia, Dios le da la misma instrucción por segunda vez: levántate, ve a Nínive y proclama el mensaje. ¿Por qué? Porque Nínive merecía el justo juicio de Dios.


A diferencia de la primera ocasión, Jonás no huye a Tarsis hacia el oeste. Obedece y se dirige al este. ¿Qué le hizo cambiar? Jonás aprendió que no podía alejarse de la presencia del Dios omnipresente. Aprendió que Dios es soberano: gobierna sobre los vientos, los mares y las criaturas del mar. Aprendió que la salvación es del Señor.


En el verso 4, Jonás proclama el mensaje de Dios: dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada. En hebreo son apenas cinco palabras. No fue una predicación extensa ni un gran discurso. Pero esas cinco palabras eran suficientes porque estaban respaldadas por Dios y tenían el poder para que miles de corazones ninivitas respondieran.


El mensaje era breve, pero poderoso. Su contenido revela algo esencial: Dios es santo y justo, y no puede dejar pasar la maldad. Los ninivitas conocieron a un Dios que no se hace de la vista gorda ante la injusticia, la perversidad y el pecado. Por su pecaminosidad, eran dignos de ser destruidos. Pero Dios no solo actuaba por ser justo; también porque es amor, debía detener las atrocidades que los ninivitas cometían.


Este mensaje de juicio no ha cambiado. Todo pecado, toda rebeldía, toda injusticia será juzgada justamente. El Dios del Antiguo Testamento no es diferente al del Nuevo Testamento. La revelación completa muestra cómo Dios envió a su Hijo Jesús y cómo por su obra nos ha rescatado, pero Dios mismo no ha cambiado. Todo pecado sube delante de Él y Él lo juzgará perfectamente. Por eso las buenas noticias del evangelio son tan buenas: Jesús tomó nuestros pecados sobre Él, y Dios juzgó esos pecados sobre Jesús en la cruz. Todo aquel que cree en Jesús, reconociendo que necesita ser salvado del juicio eterno, es declarado justo delante de Dios. Todo el ardor de la ira que le correspondía al pecador arrepentido fue vertido sobre Cristo en la cruz del Calvario.


¿Y qué de quien no cree? "Los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, según sus obras… y los que no se encontraban inscritos en el libro de la vida fueron arrojados al lago de fuego" (Apocalipsis 20:12-15). El juicio y la muerte eterna son parte del evangelio. Quitar este elemento sería cambiarlo. Si proclamamos que Dios salva, la pregunta es: ¿de qué nos salva? Nos salva de recibir el justo y merecido juicio por nuestros pecados. Un evangelio incompleto no tiene poder para salvar. Por eso Pablo escribe: "No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Romanos 1:16). E inmediatamente después dedica cerca de 67 versículos a describir la condición caída del ser humano.


Nínive responde en arrepentimiento (Jonás 3:5-9)


Los habitantes de Nínive le creyeron a Dios. ¿Qué le creyeron? Primero, que las palabras de Jonás venían de Dios. Segundo, que la santidad de Dios había sido ofendida por su maldad. Se dieron cuenta de su ofensa contra el Creador del universo y reconocieron que merecían ser arrasados.


El texto no especifica si esta fe incluyó una transformación salvadora completa como la de los marineros del capítulo 1, quienes temieron a Dios, ofrecieron sacrificios y le hicieron votos. Sin embargo, la fe de los ninivitas en la palabra proclamada produjo un arrepentimiento genuino: un cambio real de acciones y actitudes hacia Dios y hacia lo que Él considera bueno y justo. El arrepentimiento es como ir caminando en una dirección y voltearse completamente hacia la opuesta. Ellos iban en injusticias, rebeldía y perversidades, y cuando creyeron la palabra proclamada, cambiaron de rumbo.

¿Cómo sabemos que fue genuino y no solo de labios? Porque Dios lo aceptó como tal, y Dios conoce las intenciones del corazón. Jesús mismo usa el arrepentimiento de los ninivitas para


Las acciones externas demostraron lo que había ocurrido internamente. Ayunaron. Se vistieron de cilicio, pieles burdas e incómodas, mostrando por fuera la humillación de su corazón. Esto lo hicieron todos, desde el mayor hasta el menor, las clases altas y las clases bajas. Cuando la noticia llegó al rey, él también creyó. Se despojó de su manto, se vistió de cilicio, se sentó sobre ceniza y proclamó un edicto que abarcó incluso a los animales. La ciudad entera estaba conmovida, reconociendo su maldad.


Este es el tercer clamor que aparece en el libro de Jonás. Los marineros ya clamaron y fueron rescatados. Jonás en el fondo del mar ya clamó y fue rescatado. Y aquí, toda una ciudad clama a Dios con fuerza.


El rey cierra su edicto con una frase llena de esperanza: ¿Quién sabe? Quizá Dios se vuelva y aparte el ardor de su ira y no perezcamos. El rey entendió que Dios les estaba enviando un mensaje de advertencia. Entendió que Dios pudo haberlos destruido de inmediato, pero les dio cuarenta días porque había una posibilidad de perdón, un destello de esperanza. La destrucción pudo haber llegado sin proclamación, pero Dios en su gracia envió a su profeta y movió vientos, mares y peces para que el mensaje llegara a Nínive.


Una vida de arrepentimiento genuino no es un evento de una sola vez. La vida del creyente no solo inicia con el arrepentimiento, sino que continúa en un constante arrepentirse. Como Pablo escribe a los romanos, en su bondad Dios guía al arrepentimiento. Y ese arrepentimiento genuino no surge solo por miedo a las consecuencias, sino porque se ha reconocido que el pecado va en contra de la santidad y la justicia de Dios. Es un corazón contrito y humillado delante de Él.


Dios otorga misericordia al corazón arrepentido (Jonás 3:10)


"Cuando Dios vio sus acciones, que se habían apartado de su mal camino, entonces se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo" (Jonás 3:10).


Cuando Nínive se arrepintió, su condición delante de Dios cambió, y por lo tanto la posición de Dios hacia ellos se ajustó. El texto usa la palabra "arrepintió" para describir la acción de Dios, pero esto no significa que Dios se equivocó o que cambió en su naturaleza. Dios es inmutable y perfecto. Una mejor manera de entenderlo es que Dios desistió del juicio que había anunciado. Aunque Nínive no merecía misericordia, Dios se la otorgó.


¿Por qué? Porque como todo el libro de Jonás lo ha mostrado, el evangelio es para todos y la salvación es del Señor. En estos tres capítulos, la misericordia de Dios ha alcanzado a los marineros, a Jonás el profeta rebelde, y ahora a toda una ciudad perversa que se arrepintió. Dios otorga misericordia al corazón que ha cambiado de rumbo, al que antes era rebelde y ahora es gozosamente obediente.


Conclusión


Cuando un médico da un diagnóstico terminal, el paciente suele preguntar: ¿cuánto tiempo tengo? Y lo que busca es aprovechar esos días para arreglar su vida, restaurar relaciones rotas, poner las cosas en orden. La humanidad vive en un entretiempo similar. Jesús ya vino y proclamó: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en el evangelio" (Marcos 1:15). Y vendrá el día en que Él juzgará justamente a todos. En cierto sentido, estamos dentro de los cuarenta días.


¿Qué hacer en este entretiempo? Proclamar su palabra, que tiene el poder para producir arrepentimiento. Y si parece que estos "cuarenta días" se han hecho largos, Pedro lo explica con claridad: "El Señor no tarda en cumplir su promesa… sino que es paciente para con ustedes, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento" (2 Pedro 3:9).


La duda del rey de Nínive era comprensible: ¿Quién sabe? Quizá Dios aparte su ira. Pero quienes conocen el evangelio completo no tienen por qué vivir con esa duda. La certeza está en la palabra de Dios: "El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).


Si Dios pudo transformar a toda una ciudad con un mensaje de cinco palabras, puede transformar el corazón de cualquier pecador rebelde, como ya transformó el de quienes han puesto su confianza en Cristo. La palabra de Dios es suficiente. Tiene poder para confrontar, para despertar la conciencia, para producir arrepentimiento genuino. Y cuando un corazón se arrepiente, Dios otorga misericordia por la obra de Jesús.


Uno más grande que Jonás ya ha proclamado su mensaje. El llamado sigue vigente: arrepiéntanse y crean en el evangelio. Este es el mensaje que se proclama en este entretiempo, confiando no en la elocuencia humana, sino en el poder de la palabra de Dios.

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