Dios pelea por la libertad de su pueblo
- Sergio González

- 8 mar
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"El Señor destruye a sus enemigos y liberta a su pueblo"
En la Sierra de Santiago, unos cachorros de oso bajaban tranquilamente por una ladera. Para los visitantes, la escena era tierna e inofensiva. Pero los lugareños sabían algo que los demás ignoraban: el verdadero peligro no eran los oseznos, sino mamá oso, que percibe cualquier acercamiento como una amenaza y hará todo por proteger a sus crías. El sentido común lo confirma: meterse con el cachorro es meterse con la madre. Los asirios se metieron con el pueblo de Dios, y en Nahum 1:9–2:2 queda claro que meterse con Judá es meterse con Dios.
En la sección anterior de Nahum (1:1-8), Dios declaró quién es Él: celoso, vengador, irascible y grande en poder. Ahora, el profeta presenta tres pares de conversaciones donde Dios se dirige alternadamente a Nínive con tono de juicio y a Judá con tono de consuelo.
Confía en la destrucción de Dios de sus enemigos y confía en tu libertad (Nahum 1:9-13)
Para Asiria, Judá era probablemente uno más entre tantos pueblos por someter. Las palabras del enviado del rey Senaquerib lo dejan ver: "¿Quién de entre todos los dioses de esta tierra ha librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi mano?" (2 Reyes 18:35). Para los asirios, el Dios de Judá era un dios más entre muchos. Pero Dios toma las tramas contra su pueblo como tramas en su contra. Se lo toma personal: meterse con Judá es meterse con Él.
La destrucción que Nahum describe no deja lugar a dudas. En el verso 9, destrucción completa. En el 10, consumidos totalmente. En el 12, cortados hasta desaparecer. En el 14, su nombre no se perpetuará y serán sepultados. En el 15, nunca más volverán y su exterminio será por completo. La paciencia del Señor se había agotado y su juicio sería ejecutado sin ambigüedades.
La historia confirma esta profecía al pie de la letra. Nínive fue destruida en el 612 a.C. por una coalición de medos y babilonios, y nunca más fue reedificada. Ningún imperio regresó a sus ruinas para levantar la ciudad. Sus restos apenas fueron descubiertos en 1845, donde aún se realizan esfuerzos arqueológicos. Los asirios, con todo su vigor, su ejército numeroso y sus estrategias, fueron consumidos como paja seca. Esto incluía al imperio y a sus líderes, como aquel consejero perverso que tramó el mal contra el Señor. La identidad de este consejero no se revela en el texto, pero su destino es el mismo: ser cortado y desaparecer.
El texto también revela algo importante para Judá. Dios reconoce que usó al imperio asirio para disciplinar a su pueblo. Judá había incumplido el pacto, y como Moisés advirtió: "Por cuanto no serviste al Señor tu Dios con alegría y con gozo de corazón cuando tenías la abundancia de todas las cosas, por tanto servirás a tus enemigos los cuales el Señor enviará contra ti" (Deuteronomio 28:47-48). Dios usó a los asirios como instrumento de disciplina, pero ahora declara: "Aunque te haya afligido, Judá, no te afligiré más." El yugo sería quitado y el dominio asirio terminaría. La disciplina de Dios sobre Judá se había acabado.
Es fácil pensar que los enemigos son personas o circunstancias visibles: un jefe difícil, un sistema injusto, alguien que hostiga. Pero la lucha verdadera no es contra carne ni sangre. Los enemigos reales del pueblo de Dios son tres: el pecado, la muerte y Satanás. Sus asedios no solo afectan el presente, sino que buscan la destrucción eterna.
El pecado —rebeldía contra el Señor que entró al ser humano cuando Adán y Eva decidieron hacer las cosas a su manera— tiene consecuencias serias: "Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23). Cristo pagó en la cruz esas consecuencias. El pecado ya no tiene dominio sobre los que confían en Él.
La muerte, consecuencia directa del pecado, también ha sido enfrentada: "Por la aparición de nuestro Señor Jesucristo, quien puso fin a la muerte" (2 Timoteo 1:10). La muerte eterna ha sido vencida por la resurrección de Cristo, y la muerte física será derrotada cuando los creyentes resuciten como Él resucitó: "Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego" (Apocalipsis 20:14).
Satanás, el tercer enemigo, también ha sido derrotado: "Para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo" (Hebreos 2:14). Jesús despojó a los poderes y autoridades espirituales, haciendo de ellos un espectáculo público y triunfando sobre ellos. Esta destrucción ya inició y será completada cuando Cristo regrese. Así como Judá podía confiar en la palabra de Dios a través de Nahum, cada creyente puede confiar en que ya no hay yugo del pecado, de la muerte ni de Satanás. Cristo en su vida, muerte y resurrección ha dado la estocada fatal a estos enemigos, y con su segunda venida los derrotará por completo.
Celebra la destrucción de los enemigos de Dios y celebra tu libertad (Nahum 1:14-15)
La profecía se dirige nuevamente a Nínive con una orden certera del Señor: el nombre del imperio no se perpetuará, sus templos y dioses serán arrasados, y Dios mismo prepara su sepultura "porque eres vil." El peso de estas palabras es enorme: Dios le dice al imperio más poderoso de su tiempo que Él está cavando su tumba. Históricamente, Dios usó a los medos y babilonios para ejecutar este juicio. No fueron ellos quienes sepultaron a Nínive; fue Dios quien preparó su sepultura.
Luego, el profeta se vuelve hacia Judá con una imagen gloriosa: "Miren, sobre los montes andan los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz." Como un heraldo que regresa corriendo desde el campo de batalla, alguien viene sobre los montes proclamando que los enemigos han sido derrotados, que la tiranía de Asiria terminó y que ahora hay paz.
Pero esta libertad tiene un propósito: "Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos." El pueblo, libre del temor a los asirios, podía adorar a Dios sin reservas. La libertad del Señor existe para que su pueblo le adore plenamente.
Del mismo modo, quienes han sido libertados por el evangelio no fueron rescatados para vivir una vida pasiva o indiferente. Pablo lo expresa así: "De la manera que ustedes presentaron sus miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, así ahora presenten sus miembros como esclavos a la justicia para santificación" (Romanos 6:19). Vivir para la gloria de Dios implica responder en obediencia gozosa: compartir el evangelio, participar de un proceso de discipulado comprometiéndose con una comunidad que desea crecer a la imagen de Cristo, y congregarse semanalmente para proclamar quién es Dios, lo que Él ha dicho y lo que Él ha hecho. Así como Judá demostraba ser el pueblo de Dios al celebrar sus fiestas, la iglesia demuestra ser su pueblo al reunirse para adorar.
Anticipa la destrucción de los enemigos de Dios y la futura gloria de su pueblo (Nahum 2:1-2)
El profeta se dirige una última vez a Nínive: "El destructor ha subido contra ti, monta guardia en la fortaleza, vigila el camino, fortalece tus lomos, refuerza más tu poder." Las palabras llevan un tono irónico, casi de burla. Es como decirle al enemigo: ahí viene el destructor, prepárate, échale ganas. Pero la ironía está en que nada de eso servirá. Aunque monte guardia, vigile los caminos y refuerce su poderío, Nínive será aniquilada.
Y entonces viene la promesa para Judá: "Porque el Señor restaurará la gloria de Jacob." El Salmo 47 ilumina esta gloria: el pueblo de Dios en la heredad que Él le dio, y Dios reinando sobre las naciones: "Canten alabanzas a Dios, canten alabanzas. Canten alabanzas a nuestro Rey, canten alabanzas. Porque Dios es Rey de toda la tierra. Dios reina sobre las naciones, sentado está Dios en su santo trono" (Salmo 47:6-8).
No importa cuánto ruja el enemigo ni qué tan potente e invencible se vea. La muerte, el pecado y Satanás serán derrotados por completo. Juan le escribe a la iglesia en Apocalipsis acerca de estos enemigos que parecen grandes, fuertes e invencibles, pero también escribe de uno más grande, más fuerte y realmente invencible: Jesús, quien los pondrá debajo de sus pies. Los días de estos enemigos están contados. Una manera de anticipar ese día es orando: Señor, haz tu obra, ven pronto. Y la otra es mantener la expectativa de la restauración de la gloria de su pueblo, cuando la nueva ciudad de Dios sea el centro de su alabanza eterna.
Conclusión
En el reino animal se espera que una madre proteja a sus crías a toda costa. Hace poco se viralizó la historia de un pequeño mono llamado Punch en un zoológico de Japón: cada vez que se acercaba a su madre, esta lo rechazaba y lo alejaba. Quien debía protegerlo del peligro lo estaba abandonando. Pero el pueblo de Dios no será como Punch. Como su pueblo, somos protegidos por un Dios que ha destruido a nuestros enemigos y nos ha libertado.
Si aún no se ha puesto la confianza en Cristo, el pecado, la muerte y Satanás asediarán no solo en este tiempo, sino por la eternidad. El único que puede rescatar de estos enemigos es Dios mismo, y la manera de cobijarse bajo su salvación es creyendo en Jesús y arrepintiéndose del pecado.
El Señor destruye a sus enemigos y liberta a su pueblo. Confía en esa destrucción, celebra tu libertad y anticipa aquel día donde la gloria de su pueblo será restaurada.

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