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La caída del imperio invencible

"Dios atacará y derrotará a sus enemigos"

Una hormiga nunca podría derrotar a un elefante. Podría atacarlo, pero jamás vencerlo. El imperio asirio era ese gran elefante: aplastaba a cada pueblo que encontraba a su paso, los sometía, los exiliaba y les forzaba a pagar tributo. Parecía invencible y sus riquezas eran incalculables. Pero Asiria se metió contra el pueblo de Dios, y en Nahum 2:3-10 el profeta describe con detalle poético cómo Dios orquestaría un ataque devastador y una derrota total contra esa ciudad que se creía intocable.


Hasta este punto en el libro de Nahum, el profeta ha trazado líneas generales sobre el juicio de Dios para Nínive. Pero en este pasaje el nivel de detalle aumenta. Nahum utiliza el lenguaje poético para formar imágenes vívidas en la mente de sus lectores: escudos rojos, carros centelleantes, ríos desbordados y una ciudad que queda vacía. La gran idea del texto se divide en dos secciones: Dios ataca a sus enemigos (versos 3-6) y Dios derrota a sus enemigos (versos 7-10).


Dios ataca a sus enemigos (Nahum 2:3-6)


Nahum ya se había burlado de Nínive diciéndole: "el destructor ha subido contra ti, monta guardia en la fortaleza, vigila el camino, fortalece tus lomos, refuerza más tu poder." Ahora el profeta describe al ejército invasor con excelencia. Primero revela su equipo: escudos rojos, uniformes escarlata y carros de acero centellante. Este no es un ataque improvisado; es un ataque coordinado, planeado, con un ejército en formación.

Pero el ejército no solo está bien armado; es veloz. Los carros corren furiosos por las calles, se precipitan por las plazas, "su aspecto es semejante a antorchas, como relámpagos se lanzan." El ejército no se ha quedado fuera de las murallas: ha penetrado la ciudad y está arrasando.


Nahum voltea entonces su mirada hacia los nobles asirios. El contraste es poético y devastador. Mientras el ejército invasor avanza compuesto y en formación, los nobles de Nínive tropiezan en su marcha intentando preparar una defensa que llega demasiado tarde. El ataque ha iniciado y el enemigo ya está adentro.


El verso 6 añade un detalle estratégico: las compuertas de los ríos se abren. Los historiadores señalan que por Nínive pasaba un río controlado por presas río arriba. Es probable que el ejército invasor haya cerrado las compuertas para llenar las presas y después las abriera para que el agua entrara con furia a la ciudad. Nínive fue inundada, y con ello el palacio se llenó de terror. Lo que nunca creyeron que podía suceder estaba sucediendo. El gran elefante empezaba a temblar.


Así como este gran día del Señor llegó a Nínive, la Escritura enseña que un día de juicio llegará donde Dios, a través de su Hijo Jesucristo, juzgará a todas las naciones. En la Biblia se le conoce como el día del Señor: un día donde Dios castigará el pecado y restaurará a su pueblo para reinar con Él. Pablo les escribió a los tesalonicenses: "Ustedes mismos saben perfectamente que el día del Señor vendrá así como un ladrón en la noche, que cuando estén diciendo paz y seguridad, entonces la destrucción vendrá sobre ellos repentinamente, como dolores de parto a una mujer que está encinta, y no escaparán" (1 Tesalonicenses 5:2-3). Ese día llegará de manera rápida, veloz y organizada.


En Apocalipsis 19, Juan describe ese ataque del Señor con una imagen sobrecogedora: "Vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco; el que lo montaba se llama Fiel y Verdadero, con justicia juzga y hace guerra. Sus ojos son una llama de fuego y sobre su cabeza hay muchas diademas... Está vestido de un manto empapado en sangre, y su nombre es el Verbo de Dios... Y en su manto y en su muslo tiene un nombre escrito: Rey de Reyes y Señor de Señores" (Apocalipsis 19:11-13, 16). El pueblo de Dios tiene enemigos reales, no de carne y sangre, sino "principados, potestades, los poderes de este mundo de tinieblas, las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12). Y Dios los atacará. Así como Judá podía reaccionar con gozo al saber que sus enemigos serían atacados, quienes confían en Cristo pueden anticipar ese gran día como un día de esperanza, restauración y libertad.


Dios derrota a sus enemigos (Nahum 2:7-10)


Una cosa es atacar y otra es derrotar. Muchos habían intentado atacar a Nínive, pero nadie la había vencido. Del verso 7 al 10, el profeta muestra cómo el ataque culmina en la derrota completa de la ciudad.


Todo comienza con un decreto, y es Dios mismo quien decreta. El destino de Nínive estaba marcado. El texto dice que la reina es despojada y deportada, lo cual podría referirse tanto a la reina física como a la misma ciudad de Nínive, considerada la reina del imperio. Los asirios tenían una estrategia cruel contra los pueblos que derrotaban: la deportación. Ya lo habían hecho con el reino del norte de Israel. Pero la misma estrategia se utilizaba ahora en su contra. Con el exilio, los asirios perderían su identidad. El profeta captura ese dolor con un contraste poético: un ejército poderoso luchando contra palomas que gimen.


La ciudad es inundada y todos huyen, cada quien buscando lo suyo. Alguien clama "¡Deténganse, deténganse!", pero nadie se vuelve. La ciudad se despuebla. Entonces Nahum parece animar a los invasores a saquear todo. ¿Cuánta riqueza habría en la capital del imperio asirio? La Biblia misma registra cómo operaban: en el año 743 a.C., "Pul, rey de Asiria, vino contra el país, y Manahem dio a Pul 34 toneladas de plata para que su mano estuviera con él para fortalecer el reino bajo su mando" (2 Reyes 15:19-20). Cuarenta y dos años después, Senaquerib impuso a Ezequías, rey de Judá, 10.2 toneladas de plata y una tonelada de oro, y Ezequías tuvo que vaciar el templo para pagar. Esos son solo dos casos registrados entre incontables pueblos que pagaron tributo. Las riquezas acumuladas en Nínive eran inmensas, pero de nada le sirvieron ante el juicio del Señor.


El verso 10 cierra con un juego de palabras contundente: "Vacía está, sí, desolada y desierta." Y el profeta termina describiendo no solo la devastación externa sino la miseria interna de los ninivitas: corazones derretidos, rodillas temblando, angustia completa y rostros palidecidos. Los enemigos del Señor quedaron sin fuerza y sin esperanza.


Apocalipsis confirma esta misma certeza: "La bestia fue apresada, y con ella el falso profeta... los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de sus carnes" (Apocalipsis 19:20-21). Satanás, la muerte y el pecado —los verdaderos enemigos del pueblo de Dios— serán derrotados. Llegará el día en que queden vacíos, desolados y desiertos, desterrados por la eternidad al lago de fuego.


Conclusión


Asiria se creía el gran elefante que podía aplastar a todas las hormigas. Con su ejército, sus tesoros, sus nobles y su ciudad amurallada, se creía invencible. Pero ante el poderoso Señor, Creador y Dios del universo, Asiria y su capital se convirtieron en la hormiga.


Para quienes no han puesto su confianza en Cristo, no existe la neutralidad. Todo aquel que rechaza a Jesús se rebela en su contra y sufrirá el juicio eterno. Pero a diferencia de Nínive, cuyo decreto ya estaba firmado, aún hay oportunidad. Nahum lo dijo al inicio de esta profecía: "Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en Él se refugian" (Nahum 1:7). La manera de refugiarse del juicio eterno es refugiándose en aquel que recibió el juicio en la cruz: Jesucristo. Reconocer el pecado, la rebelión, e ir a Cristo para poner la confianza en Él para salvación.


Dios atacará y derrotará a sus enemigos, y esto es certero y confiable. Así como Judá recibió esta palabra y esta promesa, quienes confían en Cristo pueden descansar en ella, gozándose al anticipar aquel día.

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