La bondad y la severidad de Dios
- Sergio González

- 1 mar
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"Refúgiate en el Señor"
El libro de Nahum podría considerarse una secuela de Jonás. Un siglo después de que Nínive recibió misericordia al arrepentirse ante la palabra de Dios, el profeta Nahum escribe sobre esa misma ciudad. Pero el panorama ha cambiado. La generación que creyó y se arrepintió ya no está. En Nahum 1:1-8, el profeta presenta a Dios sin filtros: celoso, vengador, poderoso y bueno. Es una invitación a conocer a Dios como Él realmente es, no una versión diluida o domesticada, sino al Dios que es terrible en santidad y bondadoso con los que se refugian en Él.
A diferencia de Jonás, esta profecía no fue declarada en Nínive sino al reino de Judá, un pueblo oprimido bajo el yugo del imperio asirio. Los asirios ya habían exiliado al reino del norte de Israel, esparciendo a sus habitantes y llenando sus tierras con extranjeros. Judá, el reino que quedaba, sobrevivía como vasallo pagando tributo para evitar el mismo destino. En ese contexto de angustia, la palabra de Nahum sobre el juicio inminente de Dios contra Nínive era un consuelo, una fortaleza y un ánimo de fe. De hecho, el nombre Nahum significa precisamente eso: consuelo. Como Pablo escribió a los romanos: "Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios" (Romanos 11:22).
Refúgiate en el Señor porque Él no dejará sin castigo al culpable (Nahum 1:1-5)
Nahum abre su oráculo —una carga tan pesada que solo puede ser proclamada— sin suavizar sus palabras: "Dios celoso y vengador es el Señor." El celo de Dios no se parece al celo humano, ese que es compañero de la envidia o la amargura. El celo del Señor es santo, puro y perfecto. Una de las maneras en que se manifiesta es que Dios protege lo que es suyo. Como un padre que en un parque público vigila a su hijo ante cualquier peligro, así Dios cuida a su pueblo. Judá es de Dios, y el imperio asirio los ha hostigado lo suficiente.
Tres veces en estos versículos Nahum declara que Dios es vengador. Esta venganza no es impulsiva ni caprichosa; es la justicia de retribución de Dios, ejercida en perfección ante las injusticias del imperio asirio. El Salmo 94 permite entender lo que sentía el pueblo de Judá: "¡Oh, Señor, Dios de las venganzas! ¡Oh, Dios de las venganzas! ¡Resplandece! Levántate, juez de la tierra, da su merecido a los soberbios" (Salmo 94:1-2). Dios no dejará que los pecados contra su pueblo queden sin castigo.
Nahum continúa diciendo que Dios es irascible, es decir, que su ira se ha encendido contra el mal. Pero esta ira siempre es una reacción moral y ética al pecado. Porque Dios es santo, Él debe responder de la manera adecuada en su justa ira. Nínive merece el juicio por sus crímenes contra el pueblo de Dios.
En el verso 3, el profeta parece dar un paso atrás: "El Señor es lento para la ira y grande en poder." Dios ya había sido paciente con Nínive; les envió a Jonás para guiarlos al arrepentimiento. Pero esa lentitud nunca debe confundirse con distancia o debilidad. Generalmente, la frase "lento para la ira" se completa con "y grande en misericordia", como Jonás mismo lo reclamó. Sin embargo, Nahum la completa de otra manera: "lento para la ira y grande en poder." ¿Poder para qué? Poder para ejercer sus juicios. Poder para castigar al culpable. Nadie se saldrá con la suya en su pecado.
Si alguien dudara del poder de Dios, Nahum despliega imágenes cósmicas que cobran vida en lenguaje poético. Desde los cielos hasta los mares, desde los ríos hasta los montes, el profeta muestra que Dios controla toda su creación. Dios ya reprendió el mar antes: abrió el Mar Rojo para que su pueblo pasara y secó el Jordán para que entraran a la tierra prometida. Dios hizo estremecer el monte Sinaí con violencia. Si Dios puede mover el cielo, el mar y la tierra, ¿podrán los poderosos asirios escapar de su juicio?
Es posible que estas verdades generen resistencia. Hay quienes preferirían un Dios domesticado, un león adiestrado cuyo rugido no asuste. Pero Dios no puede ser domado ni diluido. Una de las razones por las que se busca suavizar esta presentación de Dios es el temor al hombre: no querer parecer intransigente o quedar mal ante los demás. Sin embargo, la verdad de la palabra no depende de si se acepta o no. Nadie define la verdad; cada persona se alinea gozosamente a ella. Su celo, venganza, ira y poder no son ejercidos de manera imperfecta o desordenada. Son atributos ejercidos en perfección y justicia por Dios.
Este no es solo el Dios de Nahum y del Antiguo Testamento. Es el mismo Dios del Nuevo Testamento. Los mismos atributos profetizados por los profetas aparecen también en las profecías del apóstol Juan en Apocalipsis. Como pueblo de Dios, es posible descansar en estos atributos. Pablo lo expresa con claridad: "Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor" (Romanos 12:19). En medio de las injusticias y la persecución, Dios es celoso, vengador y poderoso. En Él se puede confiar siempre.
Refúgiate en el Señor porque Él es bueno (Nahum 1:6-8)
Nahum hace dos preguntas retóricas cuya respuesta es evidente: "En presencia de su indignación, ¿quién resistirá? ¿Quién se mantendrá en pie ante el ardor de su ira?" Su furor se derrama como fuego y las rocas se despedazan. La respuesta es clara: nadie. Los asirios pensaban que nadie podía contra ellos. Cuando Senaquerib, rey de Asiria, intentó tomar Jerusalén, su enviado declaró con arrogancia: "Ningún otro dios ha podido contra nosotros, ¿por qué creen que su Dios puede detenerlos?" Pero Nahum les dice que Dios tiene la última palabra. Ni el más grande imperio puede permanecer de pie ante el juicio de Dios.
Y entonces, ante este Dios que ha sido presentado en toda su severidad, Nahum hace una declaración que no contradice lo anterior sino que lo respalda: "Bueno es el Señor, una fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que en Él se refugian." Precisamente porque Dios es celoso, vengador y poderoso, Dios es bueno para su pueblo.
En tiempos antiguos, cuando un ejército enemigo invadía, los habitantes de los pueblos corrían hacia las ciudades amuralladas. Dentro de ellas, generalmente había una segunda muralla: la fortaleza o ciudadela. Quienes alcanzaban esa fortaleza interior estaban doblemente protegidos. Dios es esa fortaleza en medio de la invasión enemiga. Al castigar a los asirios, Dios está salvando a Judá. Por eso Judá puede confiar en que Dios los conoce, que no está distante ni los ha olvidado, y que en Él pueden refugiarse. "Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares" (Salmo 46:1-2).
Conclusión
Quienes han confiado en Cristo para salvación han reconocido que no son mejores que los asirios. Al ver la bondad y la santidad de Dios, se dieron cuenta de que eran culpables de su pecado y su rebelión. Pero por gracia, en lugar de alejarse, corrieron a Cristo como su refugio.
La pregunta retórica de Nahum resuena: ¿Quién resistirá ante la presencia de su indignación? ¿Quién se mantendrá en pie ante el ardor de su ira? La respuesta es que Jesús lo hizo. El Catecismo de Westminster, en su pregunta 38, explica por qué era necesario que el mediador fuera Dios: para que pudiera sostener y conservar la naturaleza humana de sucumbir bajo la ira infinita de Dios y bajo el poder de la muerte. Jesús es Dios y es hombre. Él recibió la paga de los pecados de su pueblo, soportó la ira de Dios y la pudo aguantar. En la cruz, Jesús tomó la ira que los culpables merecían para darles el amor que Él merecía.
El único refugio de la ira de Dios es la gracia de Dios. El que se aleja de Dios será alcanzado por su ira, pero el que se refugia en Dios será protegido por su gracia. Dios no dejará sin castigo al culpable, pero Él es bueno: envió a su Hijo Jesucristo a sufrir el castigo en lugar de los culpables. No hay razón para dejar el arrepentimiento para después ni para aferrarse a la pecaminosidad, porque llegará el día en que será demasiado tarde, como le sucedió a Nínive. Refúgiate en el Señor, porque Él no dejará sin castigo al culpable. Refúgiate en el Señor, porque Él es bueno.

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