El Trabajo Invisible del Creyente
- Josue Lara
- 26 abr
- 7 min de lectura
"Trabaja en el Espíritu por el fruto del Espíritu."
Cuando un niño pequeño participa en un festival escolar, a veces se queda inmóvil en el escenario. Y cuando alguien pregunta cómo le fue, la respuesta es resignada: "salió de árbol, no hizo nada". Bajo esa lógica, los árboles no hacen nada. Pero la realidad es lo contrario: un árbol está constantemente capturando luz por sus hojas, expandiendo sus raíces para succionar minerales del suelo y moviendo nutrientes por todo su sistema vascular las veinticuatro horas del día. Aunque parezca quieto, está trabajando intensamente.
Esa imagen ayuda a entrar a Gálatas 5:16-25. En los primeros capítulos de la carta, Pablo deja muy claro que somos salvos por gracia y no por las obras. La iglesia evangélica tampoco cree que después de ser salvos sostenemos la salvación por nuestras obras: somos salvos por gracia y por gracia somos preservados. Nuestra madurez, nuestro crecimiento espiritual y nuestra santificación también son fruto de la gracia.
Pero esta verdad puede malentenderse. Alguien podría pensar que creer en la gracia es una acción tan pasiva que el creyente no hace nada y Dios hace todo. No es así. A partir del versículo 16, Pablo da un imperativo: "anden por el Espíritu". Y la propuesta de este pasaje es justamente esa: trabaja por el Espíritu y por el fruto del Espíritu. Como el árbol, el creyente trabaja duro—aunque a veces no se vea—recibiendo y sustrayendo de la palabra para ser transformado.
¿Por qué trabajar en el Espíritu? (Gálatas 5:16-18)
La primera razón aparece en el mismo versículo 16: "anden por el Espíritu y no cumplirán el deseo de la carne". Si alguien ha creído verdaderamente en Cristo, se ha bautizado y se ha comprometido con una iglesia local, asume que no quiere volver a la vida de antes. Y la única forma de no regresar a esa vida es trabajando en el Espíritu.
Gálatas presenta dos formas de regresar atrás. Una es el libertinaje obvio—volver a vicios y desenfreno. La otra es más sutil y se parece a una persona "más comprometida": dejarse circuncidar, cumplir reglas, sumar disciplinas para sentirse justificado. Los gálatas estaban cayendo en la segunda. Ambas formas son inercias de la carne, y solo trabajar en el Espíritu rompe esa deriva.
La segunda razón está en el versículo 17: "el deseo de la carne es contra el espíritu y el del espíritu es contra la carne". Aunque el creyente ya ha sido santificado y tiene la promesa de estar con Cristo para siempre, aún no ha sido transformado en todo lo que será transformado. Es la paradoja del "sí, pero todavía no": ya somos hijos, pero seguimos siendo santificados. Mientras hay vida, Dios sigue obrando.
Esto se parece a una camioneta que necesita alineación: si sueltas el volante, instintivamente se desvía hacia un lado. Igual ocurre con la naturaleza pecaminosa: si nadie sostiene el volante con la palabra y el Espíritu, la vida se desvía. Por eso el creyente no debe ofenderse cuando un hermano le advierte sobre alguna tentación o le señala una falta. No es que el hermano piense mal: es que conoce la realidad de la lucha. Lo correcto no es la arrogancia ("a mí eso no me pasa"), sino el agradecimiento: "gracias, ora por mí".
La tercera razón aparece en el versículo 18: "si son guiados por el Espíritu, no están bajo la ley". La ley no tenía la capacidad de hacer perfectos a los hombres; solo apuntaba a la promesa que es Cristo. Ahora, en Cristo, hay una herramienta nueva. Como dice Juan 7:38, en el interior del creyente corren ríos de agua viva—el Espíritu Santo—que capacitan para combatir los deseos pecaminosos.
El peor error en este punto es autoengañarse pensando que ya no se lucha contra la naturaleza pecaminosa. Todos siguen luchando: pastores, líderes, miembros, nuevos creyentes. Esa lucha no es síntoma de incredulidad; es señal de vida.
¿Por qué trabajar por el fruto del Espíritu? (Gálatas 5:19-21)
Antes de hablar del fruto, Pablo describe las obras de la carne: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y "cosas semejantes". La intención de Pablo no es darnos una lista para cantar; es ponernos un espejo evaluativo.
Un detalle importante: tanto el libertinaje como la autojustificación pueden producir esta misma lista. Los fariseos eran disciplinados, pulcros y aparentemente cumplían la ley, pero Jesús los llamó sepulcros blanqueados. La oración del fariseo en Lucas 18 lo expone: "te doy gracias porque no soy como los demás hombres". Una vida disciplinada que no está enfocada en el Espíritu termina produciendo arrogancia, jactancia y desprecio hacia los hermanos.
Hay una tentación de respetar mucho ciertos pecados de la lista (inmoralidad sexual, idolatría, hechicería) y minimizar otros (enojos, celos, rivalidades, disensiones, chismes). Pero todos están en la misma lista. Como decía un pastor amigo: "el legalismo tiene dos pilares: por un lado la arrogancia y el orgullo, y por el otro los pecados ocultos". Cuando alguien construye tanto una imagen de pulcritud, deja de venir a la luz para que su pecado no quede expuesto, y eso solo alimenta más orgullo y más disciplina para tapar.
La advertencia es seria: "los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios". Pero la clave está en "practican". Una persona que ha creído verdaderamente en el Evangelio puede caer y tropezar, pero hay una lucha interna genuina por obedecer a Cristo. Quienes practican estas cosas sin sentir absolutamente nada en contra, posiblemente nunca han creído verdaderamente.
Andar en el Espíritu y el nuevo pacto
Andar en el Espíritu no es una idea abstracta de "flotar" o "vibrar alto". Tiene una trascendencia histórica y concreta vinculada al nuevo pacto. En Jeremías 31:31-33 Dios prometió poner su ley "dentro" del pueblo, sobre el corazón. En Ezequiel 36:24-27 prometió rociar agua limpia, dar un corazón nuevo, quitar el corazón de piedra y poner su Espíritu "para hacer que anden en mis estatutos".
Esa es la garantía: en el nuevo pacto habrá un pueblo obediente, no por su disciplina humana, sino por la obra de Dios. Por eso es imposible que alguien que verdaderamente haya recibido el Espíritu Santo viva completamente alejado de la verdad. Tener el Espíritu de Dios, según Efesios 1:13, son las arras de la herencia y garantizan que pertenecemos a Cristo. Cuando Pablo dice "anden en el Espíritu", está diciendo: vivan obedientemente porque tienen todo lo necesario espiritualmente para hacerlo.
El fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-25)
Llegamos al texto que muchos aprendieron en cantos de niños: "el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio". El problema es que con frecuencia se enseñó como una lista de cosas que el creyente tiene que cumplir. Y al leerla así, uno se siente chiquito: "ay, amor sí, gozo más o menos, paciencia... no".
Pero esa no es la intención del texto. Estos no son requisitos a cumplir; son resultados. Son el fruto en quien trabaja en el Espíritu. Son el efecto de los ríos de agua viva que brotan desde la cruz por el Espíritu Santo en cada creyente. Como dice Gálatas 3:13-14, Cristo nos redimió "a fin de que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe".
La forma en la que Pablo describe el fruto también es importante: no son frutos en plural, sino un solo fruto, como un racimo donde todo está incluido. Es un paquete entero de lo que Dios está haciendo en el creyente. Si hay una lucha con algún área de esta lista, eso no significa que no se sea creyente; significa que el Espíritu está trabajando para producir ese fruto.
Lo mismo sucede con un árbol que parece feo, flaco y sin sombra. Hay quienes con fe lo cuidan, lo riegan, lo podan. Y un día, sin avisar, ya da sombra. La vida cristiana funciona así: trabajando en el Espíritu, de repente nacen afectos nuevos hacia Dios, hacia el cónyuge, hacia los hermanos. Cosas que antes eran lucha empiezan a aparecer como fruto.
Que alguien no cumpla con perfección toda la lista no quiere decir que no es creyente. Quiere decir que es un creyente luchando contra la carne. Y si al leerla aparece la lucha, esa lucha misma es evidencia de que el Espíritu está trabajando.
¿Cómo trabajamos en el Espíritu?
Los árboles son profesionales en una sola cosa: recibir. Están perfilados todo el tiempo para sustraer luz, agua y minerales. Esa acción de recibir los hace crecer. Trabajar en el Espíritu, entonces, es perfilar la vida entera para recibir la palabra de Dios. Como dice Santiago, la palabra implantada puede salvar las almas. Como dice el salmista, la palabra del Señor es perfecta y convierte el alma.
La pregunta práctica es directa: ¿cómo te estás alimentando de la palabra? ¿Cómo estás aprovechando lo que la iglesia ha planeado para tu crecimiento? ¿Hay lucha por estar el domingo o solo se va si no hay otra cosa más interesante? ¿Hay compromiso con una iglesia local para ser cultivado, o solo se busca pasar desapercibido?
Un libro útil sobre este tema es Hábitos de gracia de David Mathis, con un subtítulo precioso: "disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales". Porque sí hay otra forma de ser disciplinado espiritualmente, y los fariseos son el ejemplo: en Juan 5:39-40 Jesús les dice "escudriñan las Escrituras... y ellas son las que dan testimonio de mí, y no quieren venir a mí". Conocían el texto, pero no llegaban a Cristo.
Trabajar en el Espíritu es entender que la fuente de la gracia, del perdón y de todo cambio se encuentra en Cristo. Es escuchar la palabra predicada, leerla en casa, leerla con los hijos, ir a los grupos de comunidad, sumarse a los entrenamientos. Es perfilar la vida para deleitarse en Cristo y en su Evangelio.
Hay una ilustración que ayuda: una pareja con tres años sin asistir a una iglesia llegó con hambre por la palabra. Asistieron una semana. A la siguiente, el esposo contó que se había sentado a "chutarse" todas las predicaciones anteriores de la serie en Spotify para ponerse al día. Cuando una persona tiene hambre de la palabra, se acerca a ella. Y la palabra transforma la vida.
Trabajar en el Espíritu es recordar que nadie se transforma por sí mismo. Si alguien dejó de trabajar en el Espíritu—aunque siga siendo creyente—pueden aparecer consecuencias en su vida más parecidas a las obras de la carne, contristando al Espíritu de Dios. La forma de redirigir el camino no es comenzar a hacer hojas; es acercarse a la raíz, a la palabra, a un hermano maduro que ayude a caminar.
Conclusión
Gálatas 5:24-25 cierra: "los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu".
Un verdadero creyente, ante un mandato difícil, responde: "Señor, esto se me hace muy difícil, pero si tu palabra lo dice, es porque tengo que hacerlo y es bueno para mí. Obra eso en mí. Que tu palabra y tu Espíritu Santo me transformen para poder ser dirigido a tu voluntad".
Como el árbol que parecía no hacer nada y un día da sombra: si vivimos por el Espíritu, andemos por el Espíritu. Trabaja en el Espíritu por el fruto del Espíritu.

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