Gózate cuando Dios se apiada
- Sergio González

- 15 feb
- 6 Min. de lectura
"No te enojes cuando Dios se apiada de los pecadores"
El libro de Jonás llega a su última gran escena en Jonás 4:1-11. Todo parecía haber terminado bien: el profeta proclamó la palabra de Dios, Nínive respondió en arrepentimiento y Dios fue movido a misericordia. Lo esperado sería ver a Jonás sonriente, caminando de regreso a Israel con el corazón lleno de gratitud. Pero no. Jonás estaba enojado. Muy enojado. Y este último capítulo revela la gran enseñanza del libro: cómo reacciona el corazón humano cuando Dios tiene misericordia de aquellos que consideramos indignos.
En la película Taken, un padre con habilidades letales persigue por las calles de París a los secuestradores de su hija, cumpliendo su promesa de darles su merecido. Como espectadores, celebramos cada golpe porque esos criminales lo merecen. Pero ¿qué pasaría si al llegar con ellos, se arrepienten y el padre los perdona? ¿Dónde queda la justicia? Esa incomodidad es exactamente lo que Jonás sintió cuando Dios detuvo su juicio sobre la gran ciudad malvada de Nínive.
Dios se ha apiadado de ti (Jonás 4:1-4)
Cuando Dios mostró misericordia a los ninivitas, las buenas noticias de que Dios salva pecadores se convirtieron en malas noticias para Jonás. El profeta que había experimentado la gracia de Dios al ser rescatado del fondo del mar —que había compuesto un salmo de acción de gracias declarando "La salvación es del Señor" (Jonás 2:9)— ahora eleva una oración muy distinta. Ya no busca salvación; ahora reclama: "¡Ah, Señor! ¿No era esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis."
Jonás confiesa que huyó porque ya conocía el carácter de Dios. Cita Éxodo 34:6, un pasaje central en las Escrituras donde Dios se revela a Moisés como "compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad" (Éxodo 34:6). Sin embargo, Jonás se queda corto: omite el verso 7, que declara que Dios "no tendrá por inocente al culpable". Pareciera que Jonás entendía a Dios como misericordioso, pero no como justo. Y es comprensible: Jonás vivió antes de la cruz, donde la misericordia y la justicia de Dios se manifestaron por completo. En la cruz, Dios tomó al inocente —su Hijo Jesús— por culpable, para que los culpables fuéramos contados como inocentes. Dios es justo y misericordioso únicamente por la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.
Pero Jonás no quería la misericordia de Dios para Nínive. Quería su destrucción. En el fondo, Jonás quería que Dios no fuera Dios: que no fuera soberano, que no mostrara misericordia a quien Él quisiera. Se molesta cuando Dios hace lo que Dios quiere y desea hacer. Su enojo fue tan profundo que deseó morir. El profeta perdió su esperanza de vivir porque algo que valoraba más que a Dios le fue arrebatado.
Tim Keller lo describe así en El profeta pródigo: "Jonás ha perdido algo que había reemplazado a Dios como la principal alegría, razón y amor de su vida. Tenía una relación con Dios, pero había algo que valoraba más. Cuando dices: 'No te serviré, Dios, si no me das X', entonces X es tu verdadero objetivo, tu amor más grande, tu verdadero Dios."
Una pregunta penetrante surge de este texto: ¿qué se necesita que te quiten para que pierdas la esperanza y las ganas de vivir? La respuesta revela los ídolos del corazón. Tu matrimonio, tus hijos, tu trabajo, tu posición social, tu cuenta bancaria, tu ministerio, tu reconocimiento. O quizá es algo que todavía no tienes, pero si supieras que nunca lo vas a tener, te desmoronarías. "Sirvo al Señor para que me dé X, pero si no me da eso, buscaré a otro señor que me lo dé." La fuente de la esperanza de la vida debe ser Cristo y solo Cristo. Porque si lo tienes a Él, nunca podrás perderlo. Si Él es tu fundamento, lo será por la eternidad.
Dios responde a Jonás con una pregunta: "¿Tienes acaso razón para enojarte?" Una pregunta que el autor del libro desea que no solo Jonás responda, sino también cada lector.
Antes de juzgar a Jonás, vale la pena una reflexión honesta. ¿No es nuestro corazón igual al suyo? ¿Te alegrarías si la persona que te ha herido profundamente es salvada? ¿Oras por quienes te han traicionado? ¿Deseas el favor de Dios para quien te defraudó? Si en el corazón hay odio hacia alguien, la invitación es llevar ese sentimiento en arrepentimiento delante de Dios y levantar la mirada a Jesús, el único perfecto que en su crucifixión extendió estas palabras ante sus ejecutores: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).
Dios se ha apiadado de cada creyente. Por esa razón, es posible orar incluso por aquellos que parecen no merecer su misericordia. "¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" (Romanos 11:33). Dios es soberano, nadie es más sabio que Él, y su voluntad es buena para con su pueblo.
Las personas son más valiosas que las cosas (Jonás 4:5-11)
Jonás sale de la ciudad y se sienta al oriente, como en primera fila, esperando que quizá Dios cambie de parecer y destruya a Nínive. Entonces Dios despliega una estrategia que involucra cuatro elementos de su creación: una planta, un gusano, un viento y el sol. El mismo Dios que dispuso un gran pez ahora dispone un pequeño gusano. A Dios no se le atora nada.
Primero, Dios hace crecer una planta que da sombra a Jonás y lo libra de su incomodidad. El profeta pasa de estar enojado en gran manera a alegrarse grandemente: su lugar de observación se convirtió en un palco VIP. Pero Dios tenía un plan con esa planta. Al día siguiente, dispuso un gusano que la secó. Después vino un sofocante viento del este y un sol abrasador. Y Jonás, predeciblemente, vuelve a enojarse y a desear la muerte.
Dios le hace la misma pregunta por segunda vez: "¿Tienes acaso razón para enojarte por causa de la planta?" Y Jonás responde con terquedad: "Tengo mucha razón para enojarme hasta la muerte."
La incongruencia es evidente. Jonás está consternado por una planta —algo que no sembró, no hizo crecer, que nació en una noche y en una noche pereció— mientras Dios ha estado consternado por 120 mil personas. Jonás desea piedad por algo temporal e insignificante, mientras rechaza la piedad de Dios por seres humanos creados a su imagen.
Matthew Henry lo pone con claridad: "El afecto desmesurado hacia las cosas sienta las bases para la aflicción desmesurada. Cuando lo tenemos, tendemos a lamentarlo demasiado cuando lo perdemos." La aflicción desmesurada revela un afecto desmesurado. Cuando los afectos están puestos en cosas —en "plantas"— la mirada deja de estar en aquellos por quienes Dios desea derramar su piedad. Dejamos de valorar lo que Dios valora: las personas.
Dios cierra el libro con una pregunta que queda abierta: "¿Y no he de apiadarme yo de Nínive, la gran ciudad en la que hay más de 120 mil personas que no saben distinguir entre su derecha y su izquierda, y también muchos animales?" El texto termina ahí, sin respuesta de Jonás, porque el autor desea que cada lector responda en su propio corazón.
Conclusión
Si Jonás se enojó porque Dios se apiadó de los pecadores, hay uno mejor que Jonás. Jesús también salió de la ciudad, pero no para ver la destrucción de Nínive, sino para sufrir en carne propia la destrucción que los pecadores merecían. Según Hebreos 12:2, Jesús se gozó al seguir la voluntad del Padre e ir a la cruz para salvar pecadores.
Hace algunos años, en Monterrey, una madre visitaba constantemente la cárcel y públicamente perdonó al asesino de su hija. Esa clase de perdón no nace de la fuerza humana, sino de haber entendido que la misericordia de Dios alcanzó primero a quien perdona. Eso no debería extrañar. Tampoco debería extrañar cuando un creyente pierde cosas materiales y no pierde la calma, porque sabe que hay cosas más importantes: la extensión del reino de Dios y la proclamación del evangelio para que los pecadores reciban su piedad.
¿Cómo reaccionamos cuando los criminales de la película son perdonados en vez de castigados? ¿Cómo reaccionamos cuando pecadores responden a la obra de Jesús en fe y arrepentimiento? La invitación al final de Jonás no es simplemente "no te enojes", sino algo mejor: gózate cuando Dios se apiada de los pecadores. Gózate porque Dios se ha apiadado de ti. Gózate porque las personas creadas a la imagen de Dios son sumamente más valiosas que cualquier cosa.

Comentarios